Comunicación
médico-paciente
Habilidades de comunicación para mejorar la gestión
del tiempo en las consultas de Atención Primaria
CONCEPTO
DE
JUSTICIA EN LA DISTRIBUCIÓN DEL TIEMPO ASISTENCIAL
-
La función del profesional sanitario está en equilibrio entre "los
deseos como personas" y los "deberes profesionales". Así,
nuestros deseos de ayudar sin límite a un determinado paciente entran en
contradicción con nuestras disponibilidades reales, y con el deber de gestionar
con equidad unos recursos limitados. (Borrell, 1989) (Figura
5).
Uno de esos recursos limitados a gestionar, tan o más importante
que el dinero, es el tiempo. Una buena gestión del tiempo revierte en una
buena gestión económica. Por ejemplo, si con sólo dos minutos
soy capaz de hacerle comprender y aceptar que para esa cefalea no hace falta un
escáner, mi tiempo se ha traducido en dinero.
- "¡Que
se esperen!"
En nuestras organizaciones existe la tendencia a pensar que
el que viene ya sabe que tiene que esperar. La medicina privada ha entendido la
importancia del tiempo del paciente y de su familia y de los profesionales que
allí trabajan y comprende los costes sociales y laborales de la pérdida
de tiempo, e intenta maximizar su gestión. En el ejercicio privado, la
idea de "empresa" y de "servicio al cliente" están
más arraigados, con lo cual, los tiempos de espera son controlados con
tesón por la dirección; incluso la publicación informática
mensual de los tiempos medios de espera de cada profesional es un "estímulo"
de competencia entre los mismos.
"Los primeros serán mejor
visitados: mi consulta es de cristal".
Es un hecho cierto que las primeras
visitas marcan el devenir de la jornada laboral. Si estas primeras ruedan bien,
probablemente el buen ritmo continúe todo el día. Si por el contrario,
las primeras se alargan y nos hacen retrasar, un desasosiego se apodera de nosotros
y de nuestra sala de espera. Un ejemplo:
"Soy Ana, enfermera, trabajo
en un centro de Atención Primaria. Era el mes de septiembre. Aquel día
tenía 10 pacientes citados: cuatro controles de diabetes, dos curas, y
cuatro controles de hipertensión. En esta época, después
del verano, en que las transgresiones dietéticas han sido frecuentes y
los kilos de más son motivo habitual de comentario, las consultas tienden
a alargarse agradablemente. Son pacientes conocidos que comentan sus vacaciones,
que me traen regalos de su tierra y que están preocupados por cómo
estarán de salud. Aquel día, María, la última paciente,
no estaba cuando salí a llamarla. Me extrañó. La verdad es
que llevaba hora y veinte minutos de retraso, pero como me conocen y saben que
cuando entran les atiendo bien, no se suelen enfadar.
Al día siguiente
vino el Sr. Cipriano, marido de María. Me esperaba en la puerta antes de
empezar la consulta. Me explicó que desde hacía dos días
no se encontraba bien, que estaba mareada y que por eso ayer me había pedido
hora para control de la tensión. Se tuvo que marchar sin poder entrar porque
tenía que recoger a la nieta del colegio. Por la tarde, se le paralizó
el brazo y la han ingresado. Me lo vino a contar porque soy en palabras textuales
"la que más sabe y se preocupa de su salud. La culpa es de ella porque
desde hace una semana no se tomaba las pastillas y le dio una subida".
Ante
ejemplos de este tipo las reacciones de la enfermera pueden ser varias:
1.
De defensa:
"Si tuviéramos que pensar todo lo que les puede pasar,
la angustia no nos dejaría vivir". "No es culpa mía, ella
ya sabe que se ha de tomar las pastillas; ha de ser responsable".
2. Sin
respuesta:
No se hace ningún planteamiento de la situación. Ha
pasado y ya está. Estas respuestas son propias de las personas con poca
capacidad autocrítica, con poca ilusión por el trabajo y con poca
predisposición al cambio.
3. Autocrítica:
"Siento lo
que le ha pasado a María. En verdad no es culpa mía, pero debería
distribuir mejor el tiempo entre mis pacientes, porque si María ayer hubiera
sido la primera visita de la mañana, tal vez, y sólo tal vez, el
accidente se podría haber evitado".
Esta última postura
es la más razonable, porque no culpabiliza, suscita la reflexión
y no necesita de posturas defensivas. Es autocrítica y permite la mejora
de la gestión del tiempo.
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