Aportaciones
en enfermedades infecciosas (I)
Infecciones urinarias
introducción
y
epidemiología
Las infecciones del tracto urinario
(ITU) son la segunda patología infecciosa más frecuente en el ámbito
de la Atención Primaria. Su prevalencia es mucho mayor en la mujer y tiene
dos picos. El primero coincide con el inicio de las relaciones sexuales y posteriormente
se produce un aumento progresivo a partir de los 65 años. En el hombre,
la prevalencia se mantiene estable y baja hasta los 50 años. A partir de
aquí empieza a aumentar debido a la mayor incidencia de la patología
prostática y al aumento de las manipulaciones urológicas. En los
varones jóvenes y descartadas las anomalías de la vía urinaria,
los factores de riesgo de ITU comprenden la homosexualidad, la no circuncisión,
el síndrome de inmunodeficiencia adquirida y el que la pareja sexual esté
colonizada por patógenos urinarios.
Clásicamente, las ITU
se han dividido según afectaran a una zona u otra de la vía urinaria:
en altas (pielonefritis) y bajas (cistitis, bacteriuria asintomática).
Otra posible clasificación, con repercusión en el manejo y en el
tratamiento, es la que se hace entre ITU no complicadas y complicadas. La diferenciación
entre una u otra vendrá dada por la existencia de ciertos antecedentes
personales como las alteraciones de la vía urinaria o patologías
que supongan un riesgo de complicación (Tabla
1).
Otro concepto a tener en cuenta es lo que se considera como bacteriuria
significativa, es decir indicativa de infección urinaria. Clásicamente
se había puesto el dintel para su definición en el crecimiento,
en los medios de cultivo habituales, de más de 100.000 unidades formadoras
de colonias (UFC) por cada mililitro de orina. Ya hace años se observó
que contajes más bajos también podían corresponder a infección
y no a una contaminación accidental. La Sociedad Americana de Enfermedades
Infecciosas ha establecido los criterios que actualmente se utilizan (Tabla
2).
La vía urinaria, por encima de la uretra, en individuos
sanos, es estéril. En la uretra distal existe una flora normal formada
por estafilococos coagulasa-negativos (sin considerar Staphylococcus saprophyticus),
Streptococus viridans y otros estreptococos no hemolíticos, lactobacilos,
difteroides, cocos anaerobios, bacilos aerobios y anaerobios gamnegativos.
Los
gérmenes que van a causar con más frecuencia las infecciones urinarias,
son bacilos gramnegativos pertenecientes a la familia Enterobacteriaceae como
E. coli, especies de Klebsiella, Enterobacter, Citrobacter, Proteus, Providencia,
Morganella, Serratia. Otros gérmenes de importancia son Pseudomonas aeruginosa
y Acitobacter, Staphylococcus aureus y estafilococos coagulasa negativos (Staphylococcus
saprophyticus...), estreptococos del grupo B, enterococos, Cándida albicans
y Cándida glabrata.
La mayoría de ITU están producidas
por un número muy limitado de uropatógenos, siendo E. coli la responsable
de aproximadamente el 80 por ciento de los casos de cistitis en la mujer (Tabla
3). Aunque Staphylococcus saprophyticus se describe como segundo germen en
frecuencia en mujeres jóvenes en población norteamericana, esto
no ocurre en nuestro medio.
En pacientes con ITU complicada, aunque el
germen etiológico más frecuente continua siendo E. coli, el porcentaje
disminuye a expensas del aumento de otras enterobacterias.
Cuando se aísla
más de un microorganismo, puede deberse a una contaminación accidental,
una colonización vesical o a una verdadera infección. Consideraremos
esta última posibilidad ante la existencia de clínica evidente y
factores de riesgo para ITU complicada.
La patogénesis de la ITU
ha sido estudiada con detenimiento en la mujer. Para que se produzca una ITU es
necesario que se den una serie de interacciones entre el huésped y el microorganismo.
Habitualmente,
los gérmenes llegan a la vejiga por vía ascendente, aunque en algunas
ocasiones pueden hacerlo por vía hematógena. A partir del reservorio
intestinal, los microorganismos pueden colonizar el introito vaginal y la región
periuretral, llegando desde aquí a la vejiga y, más raramente, a
pelvis y parénquima renal. En ocasiones, los microorganismos pueden ser
introducidos en la vía urinaria por manipulaciones de ésta. Una
vez aquí, habitualmente, los gérmenes son eliminados por el flujo
urinario, la acción de las substancias antibacterianas presentes en ella
y, en menor grado, por la presencia de polimorfonucleares e IgA secretora. Si
no es así, los microorganismos se pueden adherir a las células epiteliales
provocando una colonización vesical y posteriormente lesionar el epitelio
vesical, causando ya una infección. El daño tisular se traduce en
sintomatología clínica y provoca una quimiotaxis de los polimorfonucleares
y consecuentemente la aparición de piúria.
De todos los microorganismos
potencialmente uropatógenos que forman parte de la flora endógena
del huésped, sólo serán capaces de producir ITU aquellos
dotados de propiedades virulentas especificas. En el caso que mejor se han estudiado
es en E. coli:
- Presencia de fimbrias (fimbrias P, S, F1C y S/F1C relacionadas,
AFA-I, AFA-III, F1845, fimbrias G) y otras adhesinas (hemaglutinina, adhesinas
X y M).
- Existencia de toxinas: hemolisina, factor necrotizante citotóxico,
toxina citoletal distensiva.
- Existencia de aerobactina.
- Existencia de
factor de resistencia al suero, colicina V e islas de patogenicidad.
El hecho
de colonizar e infectar la vía urinaria baja o alta depende, sobre todo,
de la virulencia de la cepa causante y así, cuantos más factores
de virulencia tenga, con más probabilidad llegará a la vía
urinaria alta.
Los factores asociados a una mayor aparición de episodios
recurrentes de cistitis son diferentes en la mujer pre y postmenopáusica:
-
Mujer premenopáusica: frecuencia en las relaciones sexuales, uso de espermicidas
en el último año, cambio de pareja sexual en el último año,
primera infección urinaria antes de los 15 años, antecedente maternos
de infección urinaria, distancia ano-uretra corta y toma de antibiótico
reciente.
- Mujer postmenopáusica: incontinencia urinaria, presencia
de cistocele y residuo postmiccional, infección urinaria después
de la menopausia y factores genéticos (fenotipo no secretor).
No
se ha demostrado que exista relación con la micción postcoital,
la realización de duchas vaginales, el número de micciones diarias,
la limpieza tras la defecación o el índice de masa corporal.
Otro
aspecto importante a considerar es la existencia, cada vez mayor, de resistencias
de los uropatógenos a los antibióticos que utilizamos para el tratamiento
de las ITU, muchas veces de manera empírica. En un estudio reciente, a
nivel europeo, se describieron tasas de resistencia en España muy por encima
de la media europea. Estas eran sobre todo destacables en el caso de las fluorquinolonas
(14,7 por ciento vs. 2,3 por ciento). Ciertamente en nuestro país tenemos
un grave problema con las altas tasas de resistencias a antibióticos y
es muy importante tener en cuenta algunas consideraciones que nos lleven a un
uso lo más racional posible de estos fármacos (Tabla
4). También es cierto que, en general, los datos de laboratorio existentes
se refieren al total de las orinas que reciben, sin poder discriminar las características
clínicas de los pacientes. Además, cuando se trata de pacientes
sin factores de riesgo de ITU complicada, no se suele pedir un urocultivo. Así
pues, los datos disponibles pueden estar algo sesgados y quizás las resistencias
no sean tan altas. Igualmente, existe una variabilidad importante en cuanto a
las tasas de resistencias entre diferentes zonas geográficas y entre datos
de población atendida en Atención Primaria o a nivel hospitalario.
Todo esto nos lleva a subrayar la importancia de tener cifras de las resistencias
locales en pacientes sin factores de riesgo, que nos ayuden a decidir que antibiótico
utilizar de manera empírica en cada caso.
En un estudio prospectivo
reciente, llevado a cabo en Atención Primaria, a nivel del área
urbana de Barcelona, sobre ITU (cistitis y pielonefritis) diagnosticadas clínicamente
y confirmadas con urocultivo, se encontró que E. coli era sensible a cotrimoxazol
en el 71,6 por ciento de casos, a norfloxacino en el 85 por ciento, a amoxicilina-ácido
clavulánico en el 88,6 por ciento, a cefuroxima en el 94 por ciento, a
gentamicina en el 97 por ciento y a fosfomicina en el 97,7 por ciento.
En la
Tabla 5, presentamos los datos de nuestro laboratorio de referencia del año
2004.
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