Habilidades
en patología cardiovascular:
Manejo de la insuficiencia cardiaca con
función sistólica preservada
CASO
CLÍNICO
Y REVISIÓN TEÓRICA
Introducción
La
IC es un síndrome clínico complejo que se define por la presencia
de signos y síntomas compatibles, asociados a la presencia de algún
tipo de disfunción ventricular izquierda (sistólica o diastólica).
Entre un 30-50 por ciento de los pacientes con manifestaciones clínicas
de IC, presenta una función sistólica conservada cuando se valora
mediante ecocardiografía, lo que se conoce actualmente como IC-FSP. La
mayoría de estos pacientes presentarán algún dato objetivo
de disfunción diastólica, pero este hecho no siempre es fácil
de objetivar mediante las técnicas diagnósticas habituales, más
aún si el paciente se encuentra en fibrilación auricular, lo que
sucede hasta en el 30 por ciento o más de los casos.
Por tanto,
el diagnóstico de IC-FSP de alguna forma está sustituyendo en la
práctica clínica al de IC diastólica, aunque estrictamente
no son sinónimos, ya que el segundo exigiría demostrar una alteración
en la función diastólica del ventrículo izquierdo (VI), sin
olvidar que el patrón oro sería la medición directa de las
presiones de llenado en el VI.
El tratamiento farmacológico de
la IC-FSP es en parte diferente al de la IC por disfunción sistólica,
sobre todo por la ausencia de estudios que documenten una mejoría pronóstica.
Aunque básicamente utilizaremos los mismos grupos farmacológicos,
el enfoque y el mismo manejo de los fármacos no es el mismo (estrategias,
dosis, objetivos del tratamiento y repercusión en los síntomas y
en la supervivencia).
Motivo
de consulta
Mujer de 72 años de edad que acude
a la consulta por presentar en las últimas dos semanas disnea progresiva,
intolerancia al esfuerzo significativa, ortopnea y episodios de palpitaciones.
Diagnóstico
clínico
Entre los antecedentes personales destaca:
o
No hábitos tóxicos.
o Obesidad: índice masa corporal 31.
o
Hipertensión arterial (HTA) desde hace 10 años en tratamiento con
una dihidropiridina de acción larga y controles subóptimos (en torno
a 150/95 mm Hg).
o Diabetes mellitus tipo 2 desde hace 6 años en tratamiento
con metformina 850 mg/12 h. Controles de HbA1c recientes en torno a 7 por ciento.
En
una anamnesis más detallada la paciente refiere que desde hace dos semanas
presenta disnea cuando sube cuestas o realiza actividades ordinarias que antes
no le provocaban disnea, intensificándose los últimos días.
Esto nos permite clasificarla en clase funcional II-III de la NYHA (Tabla
3). También ha precisado dormir con dos almohadas para evitar la fatiga,
e incluso en una ocasión se despertó de madrugada con gran sensación
de falta de aire, que le obligó a sentarse.
Así mismo refiere
encontrarse más cansada de lo habitual. Todo ello coincide con episodios
de palpitaciones. No ha presentado mareos ni episodios sincopales. No refiere
infecciones respiratorias recientes.
En la exploración destaca lo
siguiente:
o Tensión arterial 160/100 mm Hg, frecuencia cardiaca
122 latidos por minuto, frecuencia respiratoria 18 por minuto.
o Cabeza y cuello
normal. No presenta ingurgitación yugular.
o Auscultación cardiaca
arrítmica, taquicárdica y con soplo sistólico eyectivo suave
en apex y borde esternal izdo.
o Auscultación pulmonar con crepitantes
en tercios inferiores de ambos pulmones. No roncus ni sibilancias.
o Abdomen
normal. No hepatomegalia.
o Miembros inferiores sin edemas, con pulsos palpables
y simétricos.
De entre todos los síntomas, la disnea, sensación
subjetiva de falta de aire, y la fatigabilidad, son los síntomas cardinales
de la IC, los cuales traducen los dos eventos hemodinámicos principales,
la retención de líquidos en el árbol vascular pulmonar y
la disminución del gasto cardiaco con menor aporte de sangre a los músculos,
entre otras causas. La intensidad de estos síntomas sirve además
para evaluar de forma sencilla, aunque subjetiva, la capacidad funcional del paciente
y evaluar el pronóstico según la clasificación de la NYHA.
Conforme
empeora la función ventricular aumenta el grado de disnea y se añaden
al cuadro clínico la ortopnea y la disnea paroxística nocturna (DPN).
La mayor reabsorción de los edemas con el decúbito incrementa la
congestión vascular pulmonar y obliga al paciente a dormir con la cabeza
elevada. Los episodios de DPN se presentan al cabo de 1 ó 2 horas después
de haberse acostado; el paciente se despierta con una sensación brusca
de disnea severa, con frecuencia acompañada de sibilancias (asma cardial),
que cede parcialmente al incorporarse. La tos seca durante la noche es un síntoma
también frecuente, considerado como un equivalente de disnea. A veces puede
ser erróneamente atribuida al tratamiento con IECA.
La presencia
de determinados signos clínicos de IC apoyan el diagnóstico. La
auscultación en los campos pulmonares de estertores crepitantes refleja
la congestión pulmonar. La extensión de éstos reflejará
el grado de congestión pulmonar y por tanto de IC izquierda. En la auscultación
cardiaca es frecuente la audición de un soplo de insuficiencia mitral que
puede reflejar la dilatación del VI, pero también puede corresponder
a disfunción de los músculos papilares en un paciente con antecedentes
de infarto de miocardio, o incluso a una insuficiencia valvular degenerativa como
causa contribuyente a la IC. La auscultación de un soplo sistólico
aórtico significativo debe hacer sospechar una estenosis aórtica,
causa hoy día bastante común de IC en pacientes ancianos (con posible
corrección quirúrgica). La auscultación de un cuarto ruido
denota disfunción diastólica y se debe a la potente contracción
auricular, que desaparece si el paciente cae en fibrilación auricular.
La presencia de un tercer ruido refleja disfunción sistólica y dilatación
del VI. El desplazamiento del latido de la punta es un signo fácil de reconocer
en la palpación y pone de relieve la dilatación del VI o un grado
importante de hipertrofia. El aumento de la presión venosa yugular y la
ingurgitación yugular, la hepatomegalia, ascitis y los edemas en los miembros
inferiores son signos que se relacionan con el incremento de la presión
telediastólica en el ventrículo derecho y la congestión venosa
en la circulación general. Los edemas suelen ir precedidos de oliguria
y comienzan a ser perceptibles en la exploración únicamente tras
retención de más de 4 litros de agua.
Las distintas manifestaciones
clínicas de la IC, consideradas de forma aislada, tienen una baja sensibilidad.
Hasta el 20 por ciento de los pacientes con disfunción sistólica
documentada no presentan clínica de IC a pesar de tener una FE deprimida.
Con objeto de aumentar su valor predictivo, los síntomas y signos de la
IC se han agrupado en forma de criterios clínicos, siendo los más
conocidos y empleados los Criterios de Framingham (Tabla 4). Dichos criterios
han sido utilizados en determinados estudios, pero su aplicación en la
práctica clínica diaria es limitada. Sin embargo, nuestra paciente
presenta dos criterios mayores (DPN y crepitantes pulmonares) y dos menores (disnea
de esfuerzo y taquicardia), lo que apoya fuertemente la sospecha clínica.
Adicionalmente
se trata de una paciente que presenta varios factores de riesgo de IC: HTA, diabetes
mellitus y edad avanzada, lo que eleva sustancialmente la probabilidad del diagnóstico.
Ante
una sospecha inicial de IC, así como en todo paciente ya diagnósticado
de IC que sufra un cambio en su sintomatología, siempre debemos plantearnos
la existencia de algún factor precipitante que haya desencadenado el proceso
(Tabla 5) dado que tanto su tratamiento como su prevención serán
claves en el manejo de estos pacientes. En nuestro caso, la posible fibrilación
auricular (pulso arrítmico, palpitaciones) y la elevación tensional
(los pacientes con IC toleran muy mal la tensión arterial elevada, sobre
todo de forma brusca) son firmes candidatos como desestabilizadores en esta paciente.
Las
pruebas complementarias que debemos realizar en un paciente con sospecha clínica
de IC son: analítica de sangre, radiografía de torax y un electrocardiograma
(ECG). Ningún dato radiográfico ni electrocardiográfico resulta
patognomónico de IC, pero ambas pruebas pueden apoyar el diagnóstico
del síndrome y su severidad, así como descubrir posibles factores
agravantes. Además, pueden aportar información etiológica
y permiten descartar otras patologías.
Las principales utilidades
del ECG son:
o Elevado VPN por lo que un ECG normal, adecuadamente valorado,
permite descartar prácticamente la presencia de una disfunción sistólica
(98 por ciento). Un ECG normal debe hacer replantearse el diagnóstico clínico
de IC en cualquier caso.
o La presencia de bloqueo de rama izquierda en pacientes
con clínica compatible debe sugerir una IC por disfunción sistólica
(dilatación ventricular). La presencia de criterios electrocardiográficos
de HVI sugiere una IC por disfunción diastólica. No obstante, ningún
dato electrocardiográfico es patognomónico de IC.
o Aporta información
sobre la cardiopatía subyacente (HVI relacionada con la HTA, ondas Q antiguas
y/o isquemia subepicárdica en relación con cardiopatía isquémica,
etc.).
o Permite reconocer algunos factores precipitantes (bloqueos, arritmias,
nuevos eventos isquémicos, etc.).
En la radiografía de torax
es frecuente la aparición de cardiomegalia, que puede ser consecuencia
de la cardiopatía subyacente o bien reflejar dilatación del ventrículo
izquierdo o importante crecimiento del VI. Más de la tercera parte de los
pacientes con IC no presentan cardiomegalia significativa o sólo un ligero
aumento del índice cardiotorácico, lo que debe sugerir una disfunción
diastólica como base fisiopatológica de la IC. La presencia de cardiomegalia
junto con bloqueo completo de rama izquierda en el ECG sugiere fuertemente una
disfunción sistólica. En cualquier caso una radiografía de
tórax normal no excluye el diagnóstico de IC.
Además
la radiografía de tórax traduce los incrementos progresivos de presión
capilar pulmonar que, de menor a mayor grado de congestión, incluyen:
o
Redistribución vascular: dilatación venosa en los campos pulmonares
superiores.
o Edema intersticial: líneas B de Kerley, engrosamiento
de cisuras, edema perivascular y peribronquial, derrame pleural.
o Edema alveolar:
infiltrados algodonosos bilaterales de contornos mal definidos.
Una analítica
convencional (hemograma y bioquímica) es necesaria para valorar algunos
posibles factores precipitantes (anemia, insuficiencia renal, etc.) así
como la repercusión de la propia IC en otros órganos (elevación
de la creatinina, enzimas hepáticas, etc.). La anemia en la IC puede ser
de causa multifactorial y posee un valor pronóstico negativo. La valoración
de los iones (Na+ y K+) es imprescindible para el manejo terapéutico y
puede reflejar también un hiperaldosteronismo secundario. La función
renal y el potasio deben ser valorados en el momento del diagnóstico y
monitorizarse especialmente en pacientes que van a recibir tratamiento con diuréticos,
espironolactona, inhibidores del enzima de conversión de angiotensina (IECAS)
o antagonistas de los receptores de angiotensina II (ARA-II). Las hormonas tiroideas
han de realizarse en todos los pacientes con fibrilación auricular y en
aquéllos en RS, mayores de 60 años y sin causa aparente de su IC.
El hipotiroidismo puede ser también una causa o contribuyente de IC, que
cursa con derrame pericárdico y bradicardia excesiva entre otras alteraciones.
En
nuestra paciente, la analítica de sangre, que incluía iones y hormonas
tiroideas fue normal, excepto una glucemia de 145 mg/dl. Las Figuras 3 y 4 ilustran
el ECG y la radiografía de tórax. Como se puede ver la paciente
presentaba fibrilación auricular con respuesta ventricular rápida
y signos de sobrecarga/hipertrofia ventricular izquierda y se observaba una ligera
cardiomegalia en la radiografía con signos de congestión pulmonar.
Diagnóstico
diferencial
En primer lugar debemos hacerlo con otras
enfermedades que también cursen con disnea. Sin olvidar otros trastornos
como la obesidad o la falta de acondicionamiento físico, sin duda el principal
diagnóstico diferencial es con la enfermedad pulmonar obstructiva crónica
(EPOC), con la que comparte muchos síntomas, e incluso factores de riesgo
(Tabla
6).
Muchos pacientes presentarán síntomas solapados,
e incluso co-morbilidad de ambos procesos, por lo que la espirometría debería
ser en general una prueba complementaria inicial en el estudio de pacientes con
IC.
En segundo lugar, debemos tratar de diferenciar ya desde el principio
y en la medida de lo posible, si el paciente presenta una IC por disfunción
sistólica o diastólica. Esta distinción tiene implicaciones
pronósticas: en general la disfunción diastólica presenta
un mejor pronóstico en los pacientes de la comunidad con IC, aunque en
series de pacientes hospitalarios esto no está tan claro. También
tiene implicaciones terapéuticas directas: determinados fármacos,
como los calcioantagonistas bradicardizantes (verapamilo o diltiazem) están
contraindicados formalmente en la disfunción sistólica y pueden
ser muy útiles sin embargo en la IC diastólica. Existe cierta controversia
sobre si clínicamente es posible diferenciar entre IC sistólica
e IC-FSP ya que en ambos casos presiden las manifestaciones clínicas de
la IC que estrictamente es un síndrome clínico y no un diagnóstico
ecocardiográfico. Algunas características clínicas y del
paciente (edad, sexo, comorbilidad) con otros datos adicionales (probable etiología
de la IC, pruebas complementarias) pueden orientarnos en la práctica clínica
a reconocer o sospechar cuál es la disfunción ventricular subyacente
y por tanto el "tipo" de IC (Tabla 7) lo que podría tener importancia
de cara al manejo terapéutico, sobre todo antes de saber los resultados
de la ecocardiografía, con todas las cautelas necesarias. El perfil del
paciente con IC por disfunción sistólica sería un varón
que ha sufrido un IAM (generalmente extenso) con signos ECG de necrosis y/o isquemia
o bloqueo completo de rama izquierda y presencia de cardiomegalia en la radiografía
de tórax. Por el contrario, la IC-FSP correspondería a una mujer
mayor (> 70-75 a) hipertensa de larga evolución (y a menudo también
diabética) con abundante comorbilidad, hipertrofia ventricular en el ECG
y/o en la ecocardiografía, sin cardiomegalia significativa, cuyo factor
precipitante de IC ha sido la caída en FA o el mal control de la TA de
forma aguda.
Hay que tener presente que existen múltiples situaciones
intermedias y solapadas a menudo es difícil distinguir (a veces incluso
tras el ecocardiograma) entre ambos tipo de disfunción. Es obvio que la
caída en FA o el mal control de la hipertensión pueden desestabilizar
cualquier IC crónica. Por tanto, sigue teniendo una enorme importancia
el enfoque clínico del síndrome de IC de forma global.
La
valoración de la función sistólica se puede realizar utilizando
diversas técnicas entre las que se incluye la angiografía con contraste,
la angiografía isotópica, la resonancia magnética y la ecocardiografía.
De todas ellas, la ecocardiografía Doppler es la más utilizada,
fundamentalmente por ser una técnica incruenta, accesible, reproducible
y de bajo coste. Por otra parte, la valoración de la función diastólica
también puede realizarse empleando las técnicas mencionadas, pero
es la ecocardiografía Doppler, con todas sus limitaciones, el patrón
de referencia más utilizado.
Valoración
de la función ventricular
Se distinguen distintos
parámetros a la hora de valorar la función ventricular que pueden
incluirse en la valoración de la función sistólica y diastólica.
La función sistólica hace referencia principalmente a la capacidad
contráctil del corazón, mientras que la función ventricular
diastólica determina la distensibilidad y la capacidad de relajación
del miocardio en el llenado ventricular.
Los parámetros de función
sistólica que pueden cuantificarse mediante ecocardiografía se indican
en la Tabla 8, así como sus valores normales. La mayor parte de los aparatos
de ecocardiografía permiten el análisis semiautomático de
los parámetros de función ventricular, a partir de definiciones
manuales de los bordes endocárdicos y espesor de pared. El aumento de los
volúmenes ventriculares puede considerarse como un mecanismo de adaptación,
siendo los parámetros mejor relacionados con el pronóstico, que
permiten además el cálculo de la fracción de eyección.
El parámetro más representativo de la función ventricular
sistólica es la fracción de eyección del ventrículo
izquierdo. La fracción de eyección expresa el volumen de sangre
expulsado durante la sístole, en relación con el volumen al final
de la diástole:
FEVI = (VTD - VTS) / VTD
Donde: FEVI = fracción
de eyección del ventrículo izquierdo; VTD = volumen telediastólico
y VTS = volumen telesistólico.
El límite de la normalidad
de la fracción de eyección no es exacto pero con fines prácticos
(diagnóstico y tratamiento) se acepta la cifra de 40 por ciento (0,40)
para definir una función sistólica deprimida. En algunos ensayos
clínicos se ha utilizado el límite de 0,45. Por encima de 0,50 se
dice que la función sistólica esta conservada.
Otros parámetros
de función ventricular se centran en el análisis de la contracción
segmentaria de las paredes ventriculares. Dicha contracción en condiciones
normales es sinérgica, acompañándose de engrosamiento de
la pared ventricular y de acortamiento de los segmentos correspondientes.
Con
respecto a la disfunción diastólica, la capacidad de relajación
y distensibilidad ventricular es más difícil de definir y cuantificar
que la función sistólica. No obstante, existe una larga lista de
parámetros que permiten una aproximación válida al diagnóstico
de disfunción diastólica. La causa principal de la misma es la hipertrofia
del ventrículo izquierdo, siendo la fibrosis, la isquemia y la patología
pericárdica otras causas frecuentes que siempre deben ser valoradas junto
con los parámetros directos de función diastólica que se
indican en
la Tabla 9.
Al contrario que en la IC sistólica, no existe ningún
parámetro admitido como representativo o determinante de IC diastólica,
por lo que este diagnóstico debe realizarse dentro del contexto clínico
y siempre con cierta cautela. Los límites de normalidad de los diferentes
parámetros son imprecisos, varían con la edad y no son valorables
en ciertas situaciones frecuentes como la fibrilación auricular. Se ha
propuesto que el diagnóstico de IC diastólica puede realizarse en
presencia de síntomas clínicos y fracción de eyección
normal, concepto que no es totalmente exacto ya que pueden coexistir con frecuencia
los dos tipos de alteraciones de función ventricular, sistólica
y diastólica en el mismo paciente. Por eso la IC clínica con FE
normal o prácticamente normal, debe denominarse IC con función sistólica
preservada (IC-FSP o en inglés HF-SFP: Heart Failure with Systolic Function
Preserved), término que cada vez veremos utilizar con mayor frecuencia.
Disfunción
diastólica: implicaciones pronósticas
El
principal elemento fisiopatológico que define a la IC es la disfunción
del ventrículo izquierdo. La capacidad ventricular de contraerse y vaciarse
constituye el componente sistólico. El componente diastólico refleja
la capacidad de relajarse, tanto activa como pasivamente, permitiendo el llenado
del VI desde la aurícula a través de la válvula mitral.
Se
ha identificado un amplio grupo de pacientes con manifestaciones clínicas
de IC (fundamentalmente, con síntomas congestivos pulmonares y/o sistémicos
y poca o nula cardiomegalia), que presentan una FE normal o prácticamente
normal cuya base fisiopatológica se ha atribuido a una alteración
del llenado diastólico. Se estima que constituyen al menos el 40 por ciento
del total de las IC y su prevalencia se incrementa con la edad. En un amplio estudio
realizado en Hospitales (Servicios de Medicina Interna, ámbito nacional)
en 2.145 pacientes ingresados por IC (edad media de 77 años), la prevalencia
de IC con función sistólica preservada ha sido del 54 por ciento,
siendo más frecuente en mujeres y de etiología hipertensiva. Su
reconocimiento es más difícil ya que presentan una menor expresividad
clínica así como parámetros ecocardiográficos más
difícilmente cuantificables.
Aunque la IC-FSP no es estrictamente
sinónimo de IC diastólica (ambas disfunciones, sistólica
y diastólica, pueden coexistir en el mismo paciente) a menudo ambos términos
se han utilizado indistintamente. El pronóstico de la IC-FSP parece menos
desfavorable, estimándose una mortalidad anual del 8 por ciento en algunas
series, sobre todo cuando provienen de estudios basados en la comunidad. Sin embargo,
otros estudios han identificado un pronóstico similar independientemente
del tipo de disfunción ventricular subyacente. La disfunción diastólica
se debe a un defecto en la relajación o distensibilidad del VI, que precisa
una mayor presión de llenado para alcanzar un determinado volumen telediastólico.
La disminución del gasto cardiaco responsable de la clínica obedece
en este caso a la resistencia que ofrece el ventrículo al llenado, mientras
que la capacidad de vaciamiento permanece normal. En los pacientes con IC diastólica
la FE es por definición normal o superior a lo normal. Su diagnóstico
se realiza de forma indirecta, valorando los registros del flujo diastólico
a través de la válvula mitral, mediante la realización de
un eco-doppler. El patrón normal del flujo diastólico transmitral
consta de una onda E de llenado rápido y una onda A de llenado telediastólico,
asociada a la contracción auricular. En un primer estadio, aparece un patrón
de alteración de la relajación con una onda E pequeña con
una fase de deceleración alargada, seguida de una onda A grande; posteriormente,
según evoluciona la enfermedad, la disminución de la distensibilidad
produce un patrón restrictivo caracterizado por la presencia de una onda
E grande de ascenso y descenso rápidos, seguidos de una pequeña
onda A.
Es muy probable que cronológicamente la disfunción
diastólica represente un paso previo a la disfunción sistólica
en la historia natural de la IC en el contexto de las cardiopatías isquémica
e hipertensiva, lo que explicaría su mejor pronóstico. La hipertrofia
patológica del VI constituiría el sustrato anatómico de la
disfunción diastólica, de igual forma que la dilatación ventricular
constituye el de la disfunción sistólica (Figura 5). Las manifestaciones
clínicas de la IC diastólica pueden limitarse en condiciones basales
a una disnea de esfuerzo o intolerancia al ejercicio poco llamativas, pero que
causan una importante sensación subjetiva al paciente. El ventrículo
izquierdo del corazón con IC diastólica suele ser hipertrófico,
poco distensible y muy dependiente en su llenado de la contracción auricular.
Cuando la taquicardia relacionada con estrés o ejercicio disminuye el tiempo
de la diástole, la disnea sí se manifiesta claramente. Más
aún, si se pierde la contracción auricular por caída en FA,
el paciente observa un empeoramiento muy significativo, pudiendo llegar incluso
al edema agudo de pulmón.
La HVI va cediendo el paso a la dilatación
ventricular, de modo que el diámetro cardiaco aumenta progresivamente pero
se va adelgazando la pared miocárdica (Figura 5). De este modo, la hipertrofia
lleva a la dilatación ventricular progresiva (clínicamente manifiesta
por cardiomegalia, aparición de bloqueo de rama izquierda, tercer ruido
y desplazamiento del latido apical) y la alteración predominante en el
llenado ventricular va cediendo terreno al déficit de la función
contráctil del miocardio con la subsiguiente depresión de la FE
que puede medirse con ecocardiografía.
Péptido
natriurético ventricular tipo B (BNP) en la valoración
de la
IC-FSP
Este biomarcador que indica dilatación
o aumento de presión en los ventrículos, puede obtenerse a la cabecera
del paciente en 15 minutos (Biosite, BNP Triage®), en el centro de Atención
Primaria o en el Hospital, donde ya se está utilizando en algunos Servicios
de Urgencia para el diagnóstico diferencial de la disnea aguda.
A
pesar de que existen parámetros ecocardiográficos para el diagnostico
de la disfunción diastólica, generalmente el diagnóstico
de IC-FSP se hace por exclusión, es decir, pacientes con clínica
de IC y FE conservada, como ya hemos comentado previamente. Se ha intentado en
diversos estudios determinar la capacidad de los niveles de BNP para reconocer
la disfunción diastólica frente a la disfunción sistólica
en pacientes con clínica de IC (Figura 6). Aunque en ambas situaciones
los valores de BNP están claramente elevados, los valores promedio en la
IC-FSP suelen ser menores que en la disfunción sistólica. Por tanto,
puede decirse que en pacientes con función sistólica conservada,
la presencia de niveles elevados de BNP refuerza el diagnóstico de IC,
pero no tiene poder de discriminación suficiente en el paciente individual
para diferenciar el tipo de disfunción ventricular subyacente (sistólica,
diastólica o ambas). De igual forma, ante pacientes con valores bajos de
BNP y función sistólica normal, se puede descartar razonablemente
la presencia de una disfunción diastólica clínicamente significativa.
Valores
elevados de BNP pueden apoyar el diagnóstico de IC (la magnitud del incremento
tiene relación con el grado funcional más que con el tipo de disfunción
ventricular), pero ha de tenerse en cuenta que otras alteraciones (por ejemplo
fibrilación auricular) pueden elevar también los niveles séricos.
Es de esperar que futuros estudios clarifiquen definitivamente si en pacientes
con IC clínica y FE normal, la presencia de un BNP elevado es suficiente
para asumir la existencia de una disfunción de tipo diastólico.
Diagnóstico
definitivo
En el caso de nuestra paciente, el hecho
de que sea una mujer de edad avanzada, hipertensa de larga evolución y
diabética tipo 2, con mínima cardiomegalia en la radiografía
de tórax nos orientan en un principio hacia el diagnóstico de IC-FSP.
La presencia de HTA y diabetes aumentan la probabilidad de que la paciente pueda
tener HVI y disfunción diastólica, aunque no se detecte en el ECG
(sensibilidad baja). Si bien cualquier tipo de IC se puede descompensar debido
a una fibrilación auricular rápida, es típico de los pacientes
con IC diastólica que debuten cuando la fibrilación auricular aparece.
Esto es debido a que son pacientes cuyo gasto cardiaco depende en gran medida
del esfuerzo que realiza la contracción auricular para llenar al máximo
el ventrículo. La pérdida de esta contracción conlleva una
caída del gasto cardiaco y la aparición de los síntomas.
La
paciente fue remitida al cardiólogo el cual solicitó una ecocardiografía.
El resultado de la misma fue:
o Función sistólica conservada,
con FE del 55 por ciento.
o Sin hipocontractilidad global ni segmentaria.
o
Aurícula izquierda dilatada (48 mm).
o Hipertrofia severa del ventrículo
izquierdo.
o Válvula aórtica desestructurada con mínima
insuficiencia.
o Cavidades derechas normales.
o Sin datos concluyentes de
disfunción diastólica (la FA no permite valorar el cociente E/A).
Así
mismo se le realizaron niveles de BNP con un resultado de 390 pg/ml (antes del
tratamiento). El diagnóstico definitivo sería de IC-FSP ó
IC por disfunción diastólica. La presencia de HVI y dilatación
auricular en el ECO apoyan fuertemente el diagnóstico de D. Diastólica,
más aún en un contexto clínico favorable.
El grupo
de Framingham ha propuesto una clasificación operativa (IC diastólica
posible, probable y establecida) que es la siguiente:
o Disfunción
diastólica posible: clínica de IC con función sistólica
conservada (fracción de eyección FE > 0,50) obtenida mediante
ecocardiografía pasadas 72 horas del episodio agudo de IC. El eco no proporciona
datos fiables de disfunción diastólica.
o Disfunción diastólica
probable: clínica de IC con FE conservada (obtenida en las primeras 72
horas del episodio de IC) pero sin información concluyente sobre la función
diastólica en el ecocardiograma.
o Disfunción diastólica
establecida: Igual al previo, pero con parámetros objetivos en el ecocardiograma
de disfunción diastólica (HVI, inversión cociente A/E u otras
alteraciones del flujo transmitral).
Manejo
terapÉutico
Los objetivos generales del tratamiento
de la IC en general se centran en dos aspectos claves:
o Sobre las manifestaciones
clínicas y la progresión de la IC.
- Controlar los síntomas.
-
Mejorar la calidad de vida.
- Mantener la capacidad funcional y la estabilidad
del paciente.
- Prevenir las descompensaciones (factores precipitantes).
-
Prevenir/reducir los reingresos hospitalarios.
- Reducir las complicaciones.
o
Sobre la supervivencia
- Reducir la mortalidad (mejorar el pronóstico
a medio y largo plazo).
Al contrario de lo que sucede en la IC debida a
una disfunción sistólica del VI, donde la evidencia actualmente
disponible con distintos agentes es abundante, no se dispone de estudios positivos
de supervivencia hasta este momento en pacientes con IC-FSP, por lo que nuestro
objetivos se centrarán en las manifestaciones clínicas y la progresión
de la enfermedad. Recientemente hemos conocido los resultados del ensayo CHARM-preservado
(candesartán vs placebo en pacientes con IC y FE > 0.40) que han mostrado
un beneficio moderado en la reducción de hospitalizaciones pero el efecto
sobre la mortalidad ha sido neutro.
Medidas generales
y
educación sanitaria
Los objetivos educativos en la
IC no sólo consisten en informar sobre las medidas no farmacológicas
(dieta, ejercicio, etc.) sino que deben permitir optimizar la adherencia al tratamiento
(una de las primeras causas de desestabilización y de reingreso en la IC
crónica), prevenir o evitar los factores precipitantes, reconocer los síntomas
o signos de descompensación precozmente y disponer de la información
necesaria sobre este complejo síndrome, de modo que el paciente y su entorno
familiar se impliquen desde el principio en el plan de cuidados. La intervención
educativa multidisciplinar ha demostrado en ensayos clínicos diseñados
para ese fin, que es capaz de reducir las hospitalizaciones por IC. Incluso intervenciones
sencillas, basadas en los cuidados de enfermería, han demostrado beneficio
clínico. Los principales factores precipitantes de desestabilización
en el paciente con IC se reflejan en la Tabla
5, y la mayoría de ellos se puede prevenir o detectar de forma temprana.
Por tanto, una adecuada información y educación sanitaria al paciente
y familia, y un seguimiento cercano de ambos deben ser una medida primordial en
el tratamiento, y la Atención Primaria, por su cercanía y accesibilidad
es el nivel apropiado para su realización.
Las principales medidas
generales y educativas se encuentran en la Tabla
10. El autocontrol del peso corporal es uno de los principales elementos en
el seguimiento de los pacientes con IC. El paciente ha de pesarse diariamente
(en situación inestable o en clase funcional III-IV) o al menos dos veces
por semana (en situación estable y clase funcional II) y consultar si existen
incrementos significativos del peso (más de 2 kg en 3 días), si
aparecen edemas periféricos o si aumenta el número de almohadas
que necesita para dormir. Estos aumentos bruscos de peso se deben a la retención
hidrosalina que suele preceder a las reagudizaciones. El autocontrol de peso sirve
para detectar esta situación en fases iniciales, pues los cambios significativos
en los edemas periféricos aparecen cuando el paciente ha retenido 4 litros
o más de líquido. En esta situación estaría indicado
aumentar la dosis de diuréticos. Con pacientes o cuidadores especialmente
capacitados y motivados se puede llegar a la autorregulación de su empleo
en función de dicho parámetro. El peso que debe tomarse como referencia
es aquel que el paciente tiene en situación de "euvolemia" (ausencia
o mínimos signos o síntomas congestivos).
La restricción
del sodio de la dieta es otro de los puntos principales del tratamiento. Dietas
muy restrictivas (menos de 2 gr de sodio al día) son mal toleradas y sólo
se recomiendan en estados de descompensación o cuando se requieren dosis
muy elevadas de diuréticos, ya que en pacientes estables, las restricciones
severas de sodio pueden activar la producción renal de renina. Dietas con
restricciones menos severas, de menos de 3 gr/día, se consiguen prescindiendo
de alimentos salados (precocinados, conservas, salazones, embutidos, aceitunas,
patatas fritas, aperitivos, quesos curados o semicurados, etc.), cocinando con
poca sal (media cucharada sopera/día como máximo) y no añadiendo
sal a los alimentos una vez cocinados. Son dietas mejor toleradas y suelen ser
suficientes en pacientes estables. Debe evitarse el consumo de bicarbonato sódico
y de comprimidos efervescentes (algunos de ellos con más de 500 mg de Na+
por comprimido). Algunas aguas minerales (sobre todo con gas) también presentan
un contenido excesivo de sodio.
La reducción de la actividad física
y el reposo en cama, que formaban parte del tratamiento clásico de la IC,
sólo son necesarios en los pacientes desestabilizados o en clase funcional
IV, en los que mejora la respuesta diurética a corto plazo. En pacientes
estables, los efectos de la inactividad física son negativos a medio y
largo plazo, ya que se reduce la tolerancia al ejercicio y la capacidad aeróbica,
se favorece la atrofia muscular y se incrementa el riesgo de tromboembolismo venoso.
En este aspecto, si el reposo es necesario, se debe recomendar la movilización
pasiva de los miembros, levantarse y caminar frecuentemente si es posible, e incluso
pautar heparinas de bajo peso molecular a dosis profiláctica si el reposo
es prolongado (más de 3-4 días).
Estudios recientes y un
meta-análisis han demostrado que los programas de entrenamiento físico
con ejercicios aeróbicos mejoran, incluso en pacientes con función
sistólica muy deprimida, la situación clínica y la tolerancia
al esfuerzo, a través de la modificación de factores metabólicos
musculares y vasculares periféricos sin modificar el gasto cardiaco, siendo
capaces de enlentecer la progresión del síndrome, mejorar los síntomas
clínicos, la calidad de vida y la supervivencia en pacientes con clase
funcional II y III. Aunque no es posible extender la rehabilitación física
supervisada a todos los pacientes con IC, en los casos de IC estable se ha de
recomendar firmemente la realización de actividad física regular.
Tratamiento
farmacológico
El tratamiento de la IC-FSP está
basado en una optimización del control y el manejo de la enfermedad de
base (generalmente HTA y/o Cardiopatía Isquémica) el control sintomático
y la prevención del deterioro cardiaco, para ello están aceptadas
las siguientes medidas (Figura
7):
1. Mantener el ritmo sinusal siempre que sea posible: la caída
en FA se acompaña de un empeoramiento clínico significativo (incluyendo
edema agudo de pulmón si la frecuencia es muy rápida). Debe intentar
recuperarse el ritmo sinusal siempre que sea posible (considerar cardioversión
eléctrica o farmacológica según situación clínica
y bajo tratamiento anticoagulante). Por lo general, estos pacientes toleran mal
la FA, ya que la aurícula contribuye a un 30 por ciento o más del
llenado del ventrículo, perdiéndose su aporte al desaparecer una
contracción efectiva. Por tanto, el beneficio de esta medida tiene sobre
todo una orientación sintomática, ya que no hay estudios que avalen
una mejoría en el pronóstico a largo plazo. La prevalencia de FA
en pacientes con IC crónica tiene una relación estrecha con la severidad
de la FA, siendo más probable que el paciente presente de forma recurrente
o permanente esta arritmia, en clases funcionales avanzadas. Este y otros datos
clínicos (edad del paciente, tiempo de evolución de la FA, tamaño
de la aurícula izquierda, etc.) son aceptables predictores de que la reversión
a ritmo sinusal sea efectiva y duradera. Todos los pacientes con IC (independientemente
del tipo de disfunción subyacente) y fibrilación auricular, que
no presenten contraindicaciones, deben permaneces anticoagulados.
2. Diuréticos:
utilizar diuréticos de forma cuidadosa. Deben utilizarse tiazidas a dosis
estándar (25 mg/día) o diuréticos del asa a baja o media
dosis con incremento progresivo (furosemida 20-> 40 -> 80 mg/día)
si es necesario, pero esto es variable en función de la magnitud de la
congestión pulmonar y retención hidrosalina del paciente (obviamente,
en caso de IC aguda -edema agudo de pulmón- se requiere furosemida iv a
dosis apropiadas en medio hospitalario): debe individualizarse la dosis con cierta
cautela teniendo en cuenta la edad del paciente (el anciano tolera peor la depleción
más rápida de volumen), uso concomitante de otros fármacos,
tensión arterial, etc. La depleción excesiva o demasiado rápida
de volumen en la IC crónica suele acompañarse de un empeoramiento
clínico importante, ya que los pacientes con disfunción diastólica
mantienen un gasto cardiaco eficaz gracias a una precarga elevada.
3. Nitratos:
poseen un efecto sintomático favorable a través de la reducción
de la precarga. Sobre todo están indicados si coexiste cardiopatía
isquémica, en particular angina y/o espasmo coronario.
Los nitratos
son vasodilatadores fundamentalmente venosos y coronarios. No tienen efecto directo
cronotrópico ni inotrópico y la mayor parte de su efecto anti-isquémico
está mediado por la reducción del consumo miocárdico de oxígeno,
más que por la vasodilatación coronaria. La venodilatación
disminuye la precarga (presión telediastólica del ventrículo
izquierdo) y como consecuencia reduce el estrés parietal y la demanda miocárdica
de oxígeno. La reducción de la precarga es más pronunciada
en sedestación o bipedestación.
A dosis bajas, los nitratos
producen ligera dilatación arterial y arteriolar, y por tanto modifican
poco o nada la presión arterial. Si se aumenta la dosis, se reduce la presión
arterial, lo que a menudo se acompaña de taquicardia refleja. Algunos pacientes,
sobre todo aquellos con hipovolemia, son especialmente sensibles al efecto arteriolar
de los nitratos y sufren una caída marcada de la presión arterial
que puede agravar la insuficiencia cardiaca, lo que sugiere que en presencia de
depleción de volumen, igual que los diuréticos, deben ser manejados
con cautela.
Además de su conocida indicación en las crisis
de angina, la nitroglicerina sublingual puede ser también utilizada para
el tratamiento de las crisis de DPN. De forma preventiva y en pacientes sintomáticos
(ortopnea o DPN) puede recomendarse la aplicación de un parche de NTG durante
la noche, al contrario del horario habitualmente recomendado para la angina.
4.
Betabloqueantes o calcioantagonistas no dihidropiridínicos (verapamilo
o diltiazem): Para indicar el uso de cualquiera de ellos en el paciente con IC,
se debe asegurar que la función sistólica es normal (generalmente
mediante ecocardiografía). Sabemos que determinados beta-bloqueantes están
indicados en pacientes con IC y FE deprimida (carvedilol, bisoprolol,
) pero
con un objetivo diferente (mejoría pronóstica y mayor estabilidad
clínica) y sobre todo, con una pauta de administración muy distinta,
con una titulación muy cuidadosa de las dosis y vigilancia cercana del
paciente.
En la IC-FSP puede elegirse uno de los dos grupos en función
de la comorbilidad, aunque suele reservarse el calcioantagonista si existen contraindicaciones
formales o intolerancia a los beta-bloqueantes. Nunca deben utilizarse asociados,
por sus importantes efecto cronotrópicos e inotrópicos negativos.
El
beneficio clínico se consigue a través de su efecto favorable sobre
el llenado diastólico y el control de la frecuencia cardiaca. El paciente
con disfunción diastólica debe mantener frecuencias ventriculares
entre 60 y 80 siempre que sea posible. Adicionalmente, estos fármacos poseen
conocidas propiedades antiisquémicas, antiarrítmias y antihipertensivas
que pueden ser muy útiles en el paciente con IC-FSP.
5. IECA (inhibidores
de la enzima conversora de la angiotensina) y ARA-II (antagonistas de los receptores
AT-1 de la angiotensina II).
Parece lógico sobre las bases fisiopatologías,
que la inhibición del SRAA (sistema renina-angiotensina-aldosterona) debe
ser también beneficiosa en este amplio subgrupo de pacientes con IC-FSP
que son muy frecuentemente hipertensos con HVI y a menudo con diabetes concomitante.
Precisamente, este es el perfil de pacientes evaluados en el estudio LIFE, en
el que se comparó la respuesta a la inhibición del SRAA con el ARA-II
losartan (dosis diana de 100 mg/día) comparado con el beta-bloqueante atenolol,
asociados a diurético tiazídico en caso necesario. En dicho estudio,
se ha observado una diferencia significativa favorable a losartan no sólo
en el objetivo principal del ensayo (un objetivo combinado de mortalidad y morbilidad
cardiovascular), fundamentalmente debido a la reducción en la incidencia
de ictus, sino también en la reducción de la HVI mediante criterios
electrocardiográficos. Los pacientes diabéticos presentaron unos
mejores resultados clínicos, como por ejemplo una reducción significativa
de infarto agudo de miocardio y de hospitalizaciones por IC, lo que no se observó
en los pacientes no diabéticos.
Adicionalmente, un estudio sobre
la función diastólica de un subgrupo de 728 pacientes pertenecientes
al estudio LIFE (y por tanto con HVI en el ECG) en los que se había confirmado
la hipertrofia y valorado de forma cuidadosa los parámetros de función
diastólica del ventrículo izquierdo, ha demostrado que la reducción
de la masa ventricular izquierda se relaciona de forma clara y significativa con
una mejoría en los parámetros de llenado diastólico (tanto
relajación activa como pasiva), comparada con los pacientes que no habían
experimentado dicha regresión, independientemente de la reducción
de las cifras tensionales.
En el estudio CHARM-preservado, realizado en
3.023 pacientes diagnosticados de IC con función sistólica preservada
(FE > 40 por ciento; no se exigieron para la inclusión parámetros
ecocardiográficos de disfunción diastólica) ha comparado
el ARA-II candesartán (dosis objetivo 32 mg/día) vs placebo (además
del tratamiento de la cardiopatía de base) encontrando una reducción
discreta y no significativa en el objetivo principal a favor del tratamiento activo
(muerte cardiovascular más hospitalización por IC, reducción
relativa del riesgo (RRR) 11 por ciento p= 0,12; p= 0,051 tras ajustar por covariables).
No hubo diferencias en el total de muertes cardiovasculares en ambos grupos (170
fallecimientos en cada grupo). Sí se observó una reducción
de los ingresos hospitalarios por IC de un 15 por ciento (241 [15,9 por ciento]
vs 276 [18,3 por ciento], p=0,072; 0,047 tras ajuste) favorable a candesartán.
En particular, los pacientes incluidos en el CHARM-preservado presentaron una
mortalidad cardiovascular a los 3 años bastante baja (un 5,62 por ciento),
frente a un 18,64 por ciento del Programa CHARM-global, lo que podría explicar
la ausencia de impacto sobre la mortalidad.
Actualmente se encuentra en
marcha el ensayo I-PRESERVE, que valorará la eficacia de irbersartan frente
a placebo en 3.600 pacientes mayores de 60 años con IC y FE preservada
(FE> 0.45) en clase funcional II-IV.
6. Digoxina: por su efecto inotropo
positivo no tendría indicación, incluso debe considerarse formalmente
contraindicada en ciertas cardiopatías que cursan con disfunción
diastólica severa (como la miocardiopatía hipertrófica).
Sin embargo, debe tenerse en cuenta que en estudio auxiliar incluido dentro del
ensayo DIG (Digoxina vs placebo), que incluyó cerca de 1.000 pacientes
con IC en ritmo sinusal y FE conservada (DIG ancillary study) se obtuvieron unos
resultados superponibles a los del estudio principal (menor tasa de reingresos
por empeoramiento de la IC, sin cambios en la mortalidad). Aunque en la disfunción
diastólica no se busca un aumento de la función contráctil,
es posible que pudiese existir cierto beneficio a través de su efecto modulador
neurohormonal, que se consigue con dosis bajas (para mantener niveles séricos
entre 0,5 y 1 ng/ml).
El uso de digoxina puede ser útil para el
control de la frecuencia cardiaca en pacientes con FA crónica, en los que
desconozcamos la función ventricular (hecho bastante frecuente en la práctica
clínica) o hasta la realización de ecocardiografía, por el
hecho de que puede utilizarse independientemente del tipo de disfunción
(sistólica o diastólica). Una vez que se disponga de una evidencia
objetiva sobre la función ventricular conservada, puede ser preferible
el uso de beta-bloqueantes (o en casos determinados calcioantagonistas bradicardizantes).
En algunos pacientes puede ser necesario el uso combinado de beta-bloqueantes
y digital para el control de la frecuencia cardiaca en la IC en fibrilación
auricular.
En resumen, el tratamiento de la IC-FSP está actualmente
basado en un control estricto de la enfermedad de base (HTA, cardiopatía
isquémica, otras cardiopatías), mantener el ritmo sinusal siempre
que sea posible, prevenir o evitar la taquicardia, uso adecuado de diuréticos
(sin reducir en exceso la precarga) y nitratos (en determinados subgrupos), mejorar
el llenado diastólico (betabloqueantes o verapamilo/diltiazem), así
como reducir la HVI si está presente.
Evolución
y seguimiento
Con el diagnóstico clínico
inicial de IC el primer objetivo es conseguir el alivio sintómatico a través
de:
o Medidas generales de disminución en la ingesta de sal y autocontroles
de peso corporal.
o Disminución de la retención hidrosalina con
diuréticos: furosemida 80 mg/día (en dos dosis) + espironolactona
25 mg/día.
o Control de la presión arterial: se suspendió
el tratamiento con calcio-antagonistas (menos seguros en pacientes con IC) y se
añadió lisinopril 20 mg/d.
o Control de la frecuencia cardiaca:
digoxina 0,25 mg/día. Antes de introducir fármacos como calcioantagonistas
bradicardizantes o betabloqueantes se prefirió esperar los resultados de
la ecocardiografía.
o Anticoagulación oral: se inició
tratamiento con acenocumarol para mantener un INR entre 2 y 3.
Se optó
inicialmente por asociar espironolactona a dosis bajas al tratamiento por varios
motivos: 1) potencia moderadamente el efecto de la furosemida al ser dos diuréticos
de distinto mecanismo de acción; 2) permite equilibrar mejor el balance
de potasio (evita tener que "suplementar" con K+ oral); 2) aún
no se conoce en este momento la función ventricular y los fármacos
antialdosterónicos (espironolactona, más recientemente eplerenona)
han demostrado un beneficio inequívoco en pacientes con IC y FE deprimida
(RALES, EPHESUS) en pacientes con IC en distintas clases funcionales.
Durante
los primeros tres días de tratamiento diurético la paciente perdió
2,5 kg de peso y se produjo un alivio sintomático notable. Las cifras tensionales
se redujeron por debajo de 140/90 mm Hg y la frecuencia cardiaca se situó
entre 60-70 lpm. A lo largo de las primeras semanas, según la mejoría
clínica lo fue permitiendo, se redujo la dosis de furosemida hasta 20 mg/d.
Se alcanzó el INR objetivo con una dosis de acenocumarol de 10 mg/semana.
A los 7 días y al mes se realizó una analítica para vigilar
la función renal -creatinina 1.1 mg/dl- y los niveles de iones potasio
4.2 meq/L. La utilización conjunta de diuréticos, espironolactona
y adicionalmente IECA (o ARA-II) hace que los suplementos de potasio sean actualmente
casi siempre innecesarios.
Una vez confirmado el diagnóstico de
IC-FSP mediante la ecocardiografía se mantuvo el tratamiento. Con la reducción
de la dosis de diuréticos la tensión arterial se elevó, por
lo que se añadió carvedilol 25 mg/d, lo que permitió la suspensión
de digoxina. La frecuencia cardiaca permaneció estable tras el cambio.
Con el objetivo de conseguir la reversión a ritmo sinusal la paciente fue
sometida a un intento de cardioversión eléctrica tras más
de mes de anticoagulación (con INR 2-3), retornado a fibrilación
auricular al cabo de pocos días. Se mantuvo la anticoagulación de
manera indefinida y no se han intentado nuevas cardioversiones. La paciente se
ha mantenido posteriormente en clase funcional I-II.
Criterios
de derivación
Los
criterios de derivación de pacientes con IC tanto sistólica con
IC-FSP se exponen en la Tabla
11.
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