Novedades en riesgo cardiovascular:
Evaluación y tratamiento del riesgo cardiovascular en el anciano

CASO CLÍNICO
Y REVISIÓN TEÓRICA

Introducción

Las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte en España (35,54 por ciento del total en el año 2001). En personas mayores de 65 años ocasionaron 112.527 muertes en dicho año, lo que supone el 42,1 por ciento del total. El 90,5 por ciento de todas las muertes cardiovasculares ocurren en mayores de 65 años, lo que es lógico ya que la edad es un factor de riesgo cardiovascular (FRCV) de primer orden de tal manera que, con el paso de los años, aumenta el riesgo para desarrollar una enfermedad cardiovascular (ECV) y de morir por ella. En el 2001, del total de muertes cardiovasculares en ancianos el 29,3 por ciento se debieron a enfermedades isquémicas del corazón el 36,5 por ciento en hombres y el 24 por ciento en mujeres) y el 30,2 por ciento a enfermedades cerebrovasculares el 28,1 por ciento en hombres y el 31,7 por ciento en mujeres). Datos del estudio de Framingham nos indican que el 41 por ciento de los hombres y el 28 por ciento de las mujeres son portadores de enfermedades cardiovasculares, de las cuales más de la mitad corresponden a enfermedades isquémicas del corazón.

Además de la carga de discapacidad y muerte que las ECV ocasionan en el anciano, debemos considerar una serie de peculiaridades que presentan las personas de estas edades a la hora del manejo diagnóstico y terapéutico del RCV:

- Algunos FRCV incrementan su prevalencia con la edad (Tabla 1), por ejemplo la diabetes y otros estados de mala tolerancia a la glucosa, la hipertensión y la hipertrofia ventricular izquierda. En cambio, el índice de masa corporal (IMC), el hábito de fumar y el colesterol descienden progresivamente. No obstante, la probabilidad de coexistencia de varios FRCV se incrementa. Además, los ancianos están sometidos a muchos más años de exposición a dichos FRCV.
- Es frecuente encontrar que la enfermedad arteriosclerótica está presente de manera subclínica en ancianos, lo que es importante ya que se ha demostrado que la asociación entre algunos FRCV y la ECV se debilita con la edad (ej. hipercolesterolemia y cardiopatía isquémica). No obstante, a pesar de reducirse el riesgo relativo asociado a cada FRCV, el riesgo absoluto de ECV se mantiene muy alto y los FRCV pueden no predecir con precisión el RCV en estas edades, por lo que debe ajustarse utilizando una medida objetiva de arteriopatía subclínica que ha demostrado, en diversos estudios, ser un marcador potente e independiente de ECV y de muerte cardiovascular.
- Es frecuente la polimorbilidad en ancianos, el 80 por ciento presentan al menos una enfermedad crónica, siendo diferente la presentación clínica respecto al joven ya que la respuesta sintomática se modifica en función de percepciones sociales, actitudinales, sensoriales y la coexistencia de otras enfermedades.
- Los ancianos suelen estar polimedicados, lo que aumenta el riesgo de sufrir interacciones medicamentosas. El funcionamiento hepático y renal, vías de eliminación habitual de fármacos, es menor que en jóvenes, lo que incrementa el riesgo de que se produzcan efectos secundarios. En ancianos, es preferible valorar la función renal mediante el cálculo del aclaramiento de creatinina, ya que al tener menor masa muscular los valores de creatinina pueden sobreestimarla. Además, la respuesta a algunos fármacos puede ser diferente debido a modificaciones en la interacción con los receptores, como la respuesta a ciertos cambios vasomotores, en la cantidad de agua libre circulante, en las proteínas circulantes o cambios digestivos que pueden afectar a la absorción.
- Los ancianos suelen tener menor masa ventricular izquierda, menor distensibilidad de las grandes arterias, mayores resistencias periféricas, menor frecuencia cardiaca y, en consecuencia, menor gasto cardiaco.
- La esperanza de vida es menor cada vez que se cumple un año, por lo que se debe valorar más la calidad y expectativas de vida que la edad biológica. En estas edades, la modificación de los estilos de vida parece, a priori, más dificultosa.


Motivo de Consulta

Ramón es un varón de 71 años que desde que quedó viudo hace unos 3 años ha vivido solo en su pueblo. Su hija Elena, que es paciente nuestra, ha decidido traérselo a vivir con ella porque le parece que no puede cuidarse de manera adecuada, a pesar de que ha mejorado de ánimo desde que está tomando tratamiento para la depresión (citalopram 20 mg/día) que se puso de manifiesto tras enviudar. Viene a la consulta acompañado por Elena para que le abramos la historia clínica y porque necesita una receta del antidepresivo.

Entre sus antecedentes, refiere que hace años estuvo tomando algo para el colesterol, pero no recuerda el nombre. Está apendicectomizado y de pequeño tuvo algo de pleura. No recuerda ninguna otra enfermedad importante. No conoció a su padre. Su madre falleció a los 85 años de repente, padecía de la tensión arterial. Sólo tenía un hermano que falleció de accidente de tráfico a los 36 años. Su única hija, Elena de 52 años, presenta una hipercolesterolemia límite.

En el pueblo, hacía una vida sedentaria y seguía una dieta aceptablemente variada, excepto que no comía prácticamente pescado. Refiere que fuma 5 cigarrillos al día desde hace más de 20 años, antes era fumador de unos 10 cigarrillos al día desde que hizo el servicio militar. Suele tomar un vaso de vino en cada comida y una copita de coñac con el café después de comer. Ocasionalmente, bebe un par de vinos cuando va a la taberna del pueblo a jugar al dominó, pero no todos los días.

En la anamnesis por aparatos sólo destaca un hábito intestinal estreñido y síntomas urinarios sugestivos de prostatismo.

Al explorarle encontramos: talla 162 cm, peso 86 Kg, IMC 32.8, TA 168/96 mm de Hg y perímetro abdominal 103 cm. La auscultación pulmonar nos parece normal pero en la cardiaca aparece un soplo sistólico de predominio en foco aórtico con irradiación a carótida sin frémito (grado II/VI). Se palpa el hígado aumentado a unos 4 cm del reborde costal inferior derecho. Se aprecian diversas lesiones cutáneas en cara, espalda y región torácica anterior sugestivas de queratosis seborreica y queratosis actínica. Además, padece alopecia de distribución androgenética y arco corneal bilateral.

Le solicitamos un análisis básico que nos da lo siguientes resultados: glucemia basal 112 mg/dl, colesterol total 260 mg/dl, triglicéridos 212 mg/dl, colesterol de HDL 38 mg/dl, colesterol de LDL (calculado) 182 mg/dl, creatinina 1.36 mg/dl (aclaramiento calculado de 60 ml/min), transaminasas normales, GGT 62 UI/l, sodio y potasio normales. Orina y sedimento normales.

Le indicamos que nos gustaría confirmar sus cifras de TA, de lípidos y de glucemia antes de poner tratamiento. En controles realizados en las dos semanas siguientes por enfermería se encuentra TA 172/94 y 170/96 mm de Hg. A las 4 semanas se repite el análisis que da los siguientes resultados: glucemia basal 114 mg/dl, colesterol total 258 mg/dl, triglicéridos 180 mg/dl, colesterol de HDL 40 mg/dl, cLDL (calculado) 182 mg/dl. Solicitamos un ECG que demuestra criterios de Cornell de Hipertrofia Ventricular Izquierda.


Diagnóstico

Ramón presenta los siguientes FRCV: obesidad, HTA, hiperlipemia mixta, glucemia basal alterada, tabaquismo, sedentarimo, síndrome metabólico (ver Tabla 2 para los criterios definitorios).

Una vez llegado al diagnóstico de los principales procesos que presenta nuestro paciente, debemos realizar una aproximación al riesgo cardiovascular (RCV), salvo que ya cumpla criterios de alto riesgo, definidos por: enfermedad cardiovascular presente (coronaria, cerebrovascular o vascular periférica), diabetes tipo 2 ó tipo 1 con microalbuminuria, o FRCV en forma grave (colesterol total > 320 mg/dl o cLDL > 240 mg/dl y presión arterial > 180 /110 mm Hg). Por otro lado, algunas recomendaciones internacionales, como el Adult Treatment Panel III (ATP III), actualizado en julio de 2004, consideran también de alto riesgo cardiovascular, además de los reseñados, aquellos con Síndrome Metabólico.

En el caso de que no presentara ninguno de los criterios anteriores, debemos realizar un cálculo de RCV, para detectar aquellos pacientes de alto riesgo que, juntamente con los que ya han presentado una enfermedad cardiovascular, son prioritarios a la hora de intervenir de forma más enérgica, generalmente con fármacos, sobre todo en HTA y dislipemia.
El riesgo coronario o cardiovascular es la probabilidad de presentar una enfermedad coronaria o cardiovascular en un período de tiempo, generalmente 10 años. Existen dos tipos de cálculo de riesgo: cuantitativos (nos dan un número que es la probabilidad de presentar un evento vascular) o cualitativos (en base a la suma de factores de riesgo cardiovascular).

La forma más habitual de cálculo de riesgo es la utilización de métodos cuantitativos simplificados o tablas de riesgo. En pacientes ancianos, sin embargo, debemos tener en cuenta el intervalo de la variable edad, ya que en la mayoría de las tablas finaliza a los 74 años (ATP III a los 79 años),y no se podrían aplicar a personas de mayor edad.

Hoy en día las distintas sociedades científicas españolas involucradas en la prevención cardiovascular, representadas en el Comité Español Interdisciplinario para la prevención Cardiovascular (CEIP), han adaptado a España la Guía Europea de Prevención cardiovascular y han decidido, por lo tanto, utilizar el SCORE como el método de cálculo de riesgo cardiovascular, concretamente para medir la mortalidad cardiovascular, en países de bajo riesgo (Tabla 3).
Sin embargo, este método presenta una serie de limitaciones importantes que se deben tener en cuenta: 1) El SCORE solamente es válido para personas entre 40 y 65 años, por lo que no se podría aplicar de manera lineal en personas mayores de esta edad, como el caso que nos ocupa. Por esta razón, algunos grupos de trabajo recomiendan, en ancianos, calcular el RCV con la edad más alta que aparezca en las tablas y asumir que el verdadero RCV es mayor; 2) mide solamente mortalidad cardiovascular, y no morbilidad; 3) no tiene en cuenta la diabetes, ya que en el Third Joint Task Force, al igual que en el ATP III, se considera a los diabéticos como de alto riesgo cardiovascular; 4) considera el riesgo mayor o igual al 5 por ciento de mortalidad cardiovascular, equivalente al > 20 por ciento de riesgo coronario global, sin dar unos argumentos claros en la publicación original; 5) en pacientes jóvenes, con varios factores de riesgo, se consideran de alto riesgo si este es mayor o igual al 5 por ciento al extrapolarlo a la edad de 60 años.

Por otro lado, en pacientes hipertensos, dado el peso que este factor de riesgo tiene en la enfermedad cerebrovascular, deberíamos utilizar un método que mida por lo menos riesgo coronario y, cerebrovascular. Además, no solamente debemos tener en cuenta los factores de riesgo acompañantes y las cifras de presión arterial, sino también las lesiones de órgano diana, ya que estas implican un mayor riesgo de desarrollar una enfermedad vascular. De ahí que en hipertensos, la estratificación de riesgo se deba realizar según las recomendaciones de las Sociedades Europeas de Cardiología e Hipertensión 2003 (Tablas 4 y 5). Debemos destacar que siguiendo estas recomendaciones, la edad se considera como un factor de riesgo más (por encima de 55 años en varones y de 65 años en mujeres).

Por lo tanto, a modo de resumen, nuestro caso clínico cumple criterios de Síndrome Metabólico y por lo tanto, según el ATP III, sería de Alto riesgo. En el caso de no aceptar esta recomendación, aplicaríamos los criterios de las Sociedades Europeas de HTA y Cardiología 2003, dado que presenta cifras medias de presión arterial de 170/95, otros 4 FRCV (varón > 55 años, fumador, colesterol total > 250 mg/dl + HDL-c < 40 mg/dl y obesidad abdominal) y LOD (HVI, creatinina de 1.36 mg/dl). Siguiendo estos criterios, también clasificaríamos a nuestro paciente como de alto riesgo cardiovascular.

En el paciente anciano, la HTA cobra una especial relevancia por una serie de motivos: se trata de un FRCV con una prevalencia muy alta en mayores de 65 años; el alto riesgo cardiovascular que confiere la edad, se magnifica en presencia de hipertensión; la alta prevalencia de HTA sistólica aislada, en estas edades, supone un reto añadido ya que el riesgo de la presión arterial sistólica (PAS) y la presión de pulso es superior al de la presión arterial diastólica (PAD). De hecho, aunque antiguamente se consideraba que la elevación de la PAS era fisiológica con la edad, se ha comprobado que su control, en los mayores de 60 años, reduce el riesgo de cardiopatía isquémica y de enfermedad cerebrovascular.

Metaanálisis con subgrupos de hipertensos mayores de 80 años, incluidos en los principales ensayos clínicos, han encontrado beneficios similares en la morbilidad cardiovascular que en edades anteriores.

Por otro lado, en ancianos el riesgo cardiovascular es superior al de pacientes más jóvenes, la presencia de trastornos clínicos asociados es más frecuente, al igual que la disfunción renal y las enfermedades concomitantes.

Hay estudios de cohortes que ponen en duda que la hipercolesterolemia sea un FRCV en ancianos. En el estudio Leyden, realizado en personas de más de 85 años, se encontró que los valores elevados de colesterol se asociaban a longevidad al reducirse las muertes por tumores e infecciones. En cambio, en otros estudios sí se encuentra que la hipercolesterolemia es un FRCV independiente en ancianos (Metaanálisis de Manolio y de Carlsson, Systolic Hypertension in the Elderly Program). Se han esgrimido varias razones para explicar estas discrepancias:

- Supervivencia selectiva: los sujetos hipercolesterolémicos que llegan a ancianos pueden tener algún tipo de resistencia al desarrollo de la cardiopatía isquémica.
- En los ancianos existen cambios en la pared arterial, normalmente una gran cantidad de placa ateromatosa, por lo que podría disminuir la susceptibilidad a los efectos deletéreos de la hipercolesterolemia.
- Aquellos ancianos con menores valores de colesterol total podrían presentar algún proceso crónico subyacente que se asocia a un aumento de muertes de origen no cardiovascular (generalmente tumores o enfermedades inmunodepresoras). En este sentido, el estudio EPESE, realizado en 4904 hombres y mujeres mayores de 65 años seguidos durante cuatro años, valoró la influencia de la hipercolesterolemia en el desarrollo de la enfermedad coronaria ajustando por la existencia de otros FRCV y de datos indirectos de enfermedad oculta (niveles de albúmina y sideremia).

Además se eliminaron a los pacientes que fallecieron durante el primer año de seguimiento, encontrando con este ajuste que las cifras elevadas de colesterolemia están asociadas con un aumento de la mortalidad coronaria y que el aparente efecto adverso de la hipocolesterolemia está relacionado con la presencia de enfermedades asociadas subclínicas de tipo infeccioso, inflamatorio, neoplásicas o crónicas degenerativas. En otro estudio realizado en 5886 hombres y mujeres mayores de 65 años durante 5 años, se comprobó que los valores bajos de cLDL están relacionados también con cifras bajas de albúmina, factor VII, diabetes y mayor prevalencia de cáncer.

Hasta ahora ningún estudio ha demostrado que los mecanismos fisiopatológicos subyacentes al desarrollo de la arteriosclerosis sean diferentes en los ancianos respecto a las edades medias de la vida. Por otra parte, al aumentar la edad también aumenta el riesgo de muerte por otras enfermedades, por lo que el riesgo relativo que aporta la hipercolesterolemia se reduce, modificándose la conocida relación de que por cada 1 por ciento de descenso en el colesterol total (CT) se reduce un 2 por ciento la incidencia de cardiopatía isquémica (CI), pasando a relación 1 por ciento/1,5 por ciento. En cambio, en estas edades tiene mejor poder predictivo de mortalidad por CI el cHDL y la relación CT/cHDL. No ocurre lo mismo con el riesgo atribuible, que es la diferencia entre el riesgo absoluto entre segmentos de la población con cifras altas de colesterol respecto a aquellos con cifras normales o bajas. Dado que el riesgo absoluto de presentar CI es mucho mayor en los ancianos en un corto período de tiempo, el riesgo atribuible a la hipercolesterolemia aumenta mucho con la edad. Por lo tanto, por encima de los 65 años es mucho mejor estimador del impacto que sobre la CI ejerce la hipercolesterolemia el riesgo atribuible que el riesgo relativo.

No hay estudios consistentes en ancianos que relacionen la hipercolesterolemia con el riesgo de ictus, siendo controvertida la relación en edades medias de la vida, en las cuales la incidencia de ictus es claramente menor que la de CI. No obstante en un estudio los niveles elevados de cHDL resultaron protectores también para el desarrollo de ictus isquémico en mayores de 75 años, una vez que se ajustó por la influencia de otros FRCV.

Diabetes: más del 65 por ciento de las muertes en ancianos con diabetes son por ECV, pero no existen ensayos a largo plazo en personas mayores de 65 años demostrando los beneficios en morbimortalidad de un estricto control de la glicemia. En el estudio Veterans Affairs Cooperative no existía beneficio con un control intensivo de la glucemia. Sí que se benefician del control de los factores de riesgo cardiovascular como es el tratamiento de la hipertensión, la dislipemia y la intervención sobre los estilos de vida (no fumar, realizar ejercicio y llevar una alimentación adecuada)
Los ancianos con diabetes tiene tasas más elevadas de muerte prematura, de incapacidad y de comorbilidad como HTA, cardiopatía isquémica o ictus que los no diabéticos. También parecen más predispuestos a presentar otros síndromes geriátricos como la depresión, el deterioro cognitivo, la polimedicación, la incontinencia urinaria, las caídas y el dolor crónico.

En el estudio Doves, en población mayor de 65 años, se observaba una mejoría en la hemoglobina glicada con el aumento de los autocontroles de la glicemia. En el estudio UKPDS, en el que la mitad de los pacientes tenían más de 65 años al finalizar el estudio, por cada reducción del 1 por ciento en la glucohemoglobina se produjo un descenso del 14 por ciento en el riesgo relativo (RR) de infarto, un12 por ciento de ictus y 43 por ciento de arteriopatía periférica. El RR para desarrollar complicaciones coronarias entre tercil superior e inferior fue de 2,26 para cLDL, 1,82 para PAS y 1,52 para hemoglobina glucosilada.

Síndrome Metabólico: el interés de sobre la influencia del Síndrome Metabólico en la aparición de ECV es cada día mayor.

No existen ensayos clínicos en ancianos sobre este tema. El estudio más conocido que ha relacionado el Síndrome Metabólico con la morbimortalidad cardiovascular está basado en datos del estudio KUOPIO realizado en 1.209 hombres finlandeses entre 42-60 años durante 11,6 años. Se observó que los hombres con este síndrome según los criterios del NCEP tenían 2,9 veces más riesgo de morir por cardiopatía isquémica que los que no lo presentaban después de ajustar por los FRCV convencionales.

Tabaco: en los fumadores ancianos se manifiestan con mayor frecuencia las patologías relacionadas con el consumo de tabaco, por lo que se incrementa la aparición de ECV. En el estudio SHEP se apreció un incremento del 73 por ciento en eventos coronarios en hombres y mujeres mayores de 60 años que fumaban respecto a los no fumadores.
Se estima que el 70 por ciento de los fumadores quieren dejarlo y que el 46 por ciento hace un intento cada año. Los ancianos tienen las mismas tasas de abandono que los jóvenes y el consejo breve es igualmente efectivo que en jóvenes.

El estudio de doctores británicos publicado tras 50 años de seguimiento concluyó que sólo valorando la mortalidad, el dejar de fumar a los 60 años puede aumentar la supervivencia en 3 años.

En el estudio DUBBO, realizado en ancianos australianos, el consumo de tabaco aumentaba en un 50 por ciento la aparición de infarto mortal y no mortal.

En un estudio realizado en Barcelona en hombres >65 años se observó que el riesgo de mortalidad por todas las causas era de 2,1 en fumadores respecto a los no fumadores. Las diferencias se mantenían incluso a los 90 años y la mortalidad era menor en los que habían dejado de fumar incluso después de los 65 años.
En el estudio Framingham, en individuos que dejaron de fumar a los 65 años se observó que disminuía el riesgo de tener un episodio inicial o recurrente de cardiopatía isquémica en un 50 por ciento, también disminuía el riesgo de re-estenosis tras revascularización coronaria.

¿Sería conveniente realizar alguna otra exploración en el paciente?
Dado que se trata de un paciente con hipertensión, sería deseable realizar además del EKG, detección de microalbuminuria y fondo de ojo. Respecto a la primera, existe un consenso generalizado de que, en la medida de lo posible, debe ser una práctica recomendada en la evaluación inicial de pacientes hipertensos, siendo obligatorio en los individuos hipertensos diabéticos. Respecto al fondo de ojo, debe ser rutinario en hipertensos, ya que puede darnos datos importantes del grado de afectación orgánica (edema de papila o hemorragias y exudados están catalogadas como condiciones clínicas asociadas).

El paciente presenta una Glucemia Basal Alterada (GBA), situación clínica acuñada por primera vez por la American Diabetes Association (ADA) en 1997. Recientemente la GBA junto con la Anomalía en la Tolerancia a la Glucosa (ATG) se han englobado en el concepto de prediabetes, ya que ambas constituyen factores de riesgo para el desarrollo de diabetes y de ECV. En las últimas recomendaciones de la ADA, se disminuye el umbral para la GBA de 110 a 100 mgr/dl, ya que muchos pacientes entre estos niveles tienen DM cuando se practica la TTOG. Además hay estudios que demuestran que interviniendo en esta fase se retrasa la aparición de la diabetes y que es coste-efectivo. En una reciente publicación del estudio DPP, se ha visto que, en mayores de 65 años, es coste-efectiva la intervención mediante un programa de modificación de estilo de vida, cuyos objetivos eran una reducción del 7 por ciento de peso y 150 minutos semanales de actividad física frente al tratamiento con metformina. En el seguimiento de los pacientes con prediabetes se recomienda solicitar una vez al año la glucemia basal y la hemoglobina glucosilada, ya que su elevación predice la progresión a diabetes. (GEDAPS)

Aunque la ADA no la sugiere de rutina, la OMS y el DECODE Study Group sí recomiendan realizar una sobrecarga oral de glucosa en pacientes con GBA, ya que en este último estudio se demostró que la ATG era un potente factor de riesgo (FR) de muerte, no así la glucemia basal; sin embargo, otro estudio llevado a cabo en 63.443 varones entre 21 y 60 años se obtuvieron resultados contrarios. En cualquier caso, no hay estudios que demuestren descenso de la mortalidad interviniendo en la reducción de la glucemia postpandrial. En el momento actual, parece recomendable reservar la realización de la SOG para esclarecer resultados dudosos de la glucemia basal o cuando haya discrepancia entre resultados normales en dichas pruebas y la presencia de hallazgos clínicos compatibles con diabetes. El problema de la SOG es la baja reproducibilidad frente a la glucemia plasmática en ayunas, el escaso cumplimiento de las condiciones previas para su correcta realización y la incomodidad que supone para el paciente. En ancianos, además, se ha descrito una elevación en la glucemia a las dos horas de la SOG de hasta un 25 por ciento a los 80 años, respecto a la de un paciente de 30 años, lo que no está claro si corresponde a una adaptación típica del anciano o a la mayor prevalencia de diabetes. Además, este hecho no se produce con la glucemia basal, lo que la hace más reproducible. Actualmente, la determinación de hemoglobina glucosilada carece de la suficiente sensibilidad y especificidad, así como de la adecuada estandarización en los diversos laboratorios, como para utilizarse con fines diagnósticos, debiendo reservarse su uso con fines de control y seguimiento metabólico.

Otro aspecto que debería valorarse en ancianos es la búsqueda de la existencia de lesiones ateromatosas en arterias que todavía no han dado clínica. La arteriopatía subclínica en el anciano es muy prevalente (Tabla 6) y es un FR muy potente de morbilidad y mortalidad por ECV, como se demostró en el Cardiovascular Health Study, además de estar asociada al descenso de capacidad física y cognitiva. De hecho, en un estudio realizado en 2932 hombres y mujeres mayores de 65 años, se asoció a una reducción en las expectativas de vida libre de discapacidad de 5.6 años en hombre y 6.5 años en mujeres.

La ausencia de pulsos pedios se asocia a un riesgo mayor de ECV tras ajustar por la edad y otros FRCV, aunque un 2 por ciento de las personas pueden tener ausencia fisiológica. La reducción en el Índice Tobillo Brazo se asocia a un incremento de la mortalidad coronaria, cardiovascular y total. Las personas con soplo carotídeo de 50-84 años presentan una mortalidad global mucho mayor tras ocho años de seguimiento en el estudio Framingham. El valor predictivo de los soplos carotídeos respecto a la arteriosclerosis carotídea ipsilateral es del 77 por ciento, en comparación con el 85 por ciento respecto a la arteriosclerosis extracraneal de cualquier localización, por lo tanto los soplos carotídeos deben considerarse marcadores de arteriosclerosis generalizada.

Habitualmente, la búsqueda de arteriopatía subclínica se hace en territorio carotídeo, coronario, aórtico y vascular periférico y existen varios métodos para la medirla (Tabla 7). En Atención Primaria (AP), por la facilidad de acceso, además del ECG de reposo, la prueba de elección es la determinación del Índice Tobillo/Brazo con sonda doppler.

La hipertrofia ventricular izquierda que aparece en el ECG es un factor de RCV independiente de mortalidad prematura.

En el anciano, podemos encontrar además otras alteraciones que tienen valor predictivo para el desarrollo de una enfermedad isquémica del corazón, mortal y no mortal, como son los defectos de la conducción ventricular, las alteraciones en la onda Q y en el segmento ST y la fibrilación auricular. La masa del ventrículo izquierdo medida con ecocardiografía es un importante FRCV en varones y mujeres de 60 a 90 años, tanto coronario como cerebrovascular. No obstante, la sensibilidad del ECG de reposo para la detección de la CI es baja, por lo que actualmente no hay suficiente evidencia como para recomendar su uso rutinario en pacientes con RCV alto.

Una reciente revisión ha encontrado que, en estudios realizados en varones de edad media, la sensibilidad de la Prueba de Esfuerzo (PE) para el desarrollo de CI en un periodo de 3-12 años oscila entre un 40-62 por ciento, siendo el valor predicativo positivo del 6-48 por ciento. La frecuencia cardiaca en reposo suele estar disminuida en ancianos o no cambia respecto al adulto, pero es más difícil que se eleve con el ejercicio, lo que dificulta alcanzar la FC máxima, por lo que en mayores de 75 años está por determinar la utilidad de la PE con esta indicación. La Sociedad Española de Cardiología sugiere utilizar la PE para detectar cardiopatía isquémica silente en hombres mayores de 40 años y mujeres mayores de 50 años con múltiples FRCV que desean comenzar a realizar ejercicio vigoroso, especialmente si son sedentarios o padecen enfermedades crónicas que suponen un alto riesgo de padecer enfermedades coronarias (ej: diabetes, insuficiencia renal crónica, etc) o bien si tienen trabajos u ocupaciones que impliquen seguridad pública (excepcional en ancianos).

El Índice Tobillo Brazo (ITB) se puede determinar de manera no invasiva con un manguito de presión sanguínea o un oscilómetro y una sonda Doppler de 5 mHz. Se mide la presión arterial con la sonda en la arteria braquial derecha y en ambas piernas (arteria tibial posterior o pedia dorsal). El ITB es el cociente entre la menor presión arterial sistólica en las piernas y la presión arterial en el brazo. Valores por debajo de 0.9 tienen una sensibilidad del 95 por ciento y una especificidad del 100 por ciento respecto a la arteriografía, considerada como estándar oro para el diagnóstico de la enfermedad arterial obstructiva. La reducción en el ITB se correlaciona bien con la presencia de otros FRCV, con el grosor de la íntima media de la carótida, con la presencia de estenosis carotídea y con la gravedad de la arteriopatía coronaria. De hecho, es habitual encontrar estenosis carotídea superior al 80 por ciento en estos casos. En el estudio Strong Heart, realizado en 4.392 indios americanos, se comprobó que el ITB menor de 0,9 se asociaba a mayor riesgo de mortalidad cardiovascular y total y también se observó con el ITB aumentado (> 1,4). En el estudio de Edimburgo, realizado en 1.592 hombres y mujeres de 55 a 74 años, durante doce años, después de ajustar por los FRCV mayores un ITB # 0,9 fue predictor independiente de infarto fatal o no fatal, ictus y muerte cardiovascular. En el Cardiovascular Health Study, realizado en 5.888 hombres y mujeres mayores de 65 años, el ITB < 0,9, tras seis años de seguimiento se asoció a un riesgo relativo de muerte cardiovascular de 2,03 (1,22-3,27) y de muerte total de 1,62 (1,24-2,12) ajustado por el resto de FRCV. Un problema que puede surgir al calcular el ITB en ancianos es la imposibilidad de comprimir arterias muy calcificadas, en cuyo caso el ITB puede salir llamativamente alto. En estos casos puede determinarse con sondas digitales no disponibles habitualmente en AP.

La ecografía carotídea es una técnica que permite medir la presencia de placas de ateroma, el grado de estenosis correspondiente (la estenosis superior al 50 por ciento es un factor predictivo independiente de ictus) y el grosor de la Íntima Media (IM) de la carótida. Este último parámetro es un FRCV independiente para el desarrollo de CI y ictus en los ancianos. El grosor de la IM se correlaciona con el descenso de ITB y el aumento de la masa ventricular izquierda. En el estudio Rotterdam, realizado en 7.893 sujetos mayores de 55 años, se demostró, tras un seguimiento medio de 3 años, que el grosor de la IM de la carótida presentaba una odds ratio (OR) de 1,34 (1,08-1,67) para ictus y 1,25 (0,98-1,58) para infarto coronario una vez ajustado el efecto de los demás FRCV. Debemos comentar que no hay acuerdo internacional para el punto de corte del grosor de la IM, oscilando entre 0,9 mm que considera la Sociedad Europea de Hipertensión y 1,3 mm que utiliza la American Heart Association.

En la radiología simple se pueden apreciar lesiones ateromatosas calcificadas. La prevalencia de calcio en la aorta aumenta de manera progresiva con la edad. Un estudio realizado en 60.393 hombres y 55.916 mujeres, entre 30 y 89 años, durante 9 años demostró que, después de ajustar por los FRCV mayores y por los antecedentes familiares de CI precoz, la calcificación del arco aórtico estaba asociada independientemente con aumento del riesgo coronario en hombres RR de 1,27 (1,11-1,45) y en mujeres de 1,22 (1,07-1,38), y también para ictus de 1,46 (1,28-1,67) en ambos casos. En otro estudio se encontró que la calcificación del cayado aórtico era un factor predictivo independiente para el desarrollo de ictus en ancianos y también para el desarrollo de CI, pero sólo en varones mayores de 65 años. En un estudio que siguió a 1.049 hombres y 1.466 mujeres de 61 años durante 22 años de media, la calcificación aórtica entre la primera y cuarta vértebras lumbares, determinada mediante una escala previamente validada, demostró que en el tercil superior comparado con el inferior el RR para infarto o muerte cardiovascular era de 1,68 (1,25-2,27) en hombres y de 1,78 (1,66-2,38) en mujeres.

Otras medidas de arteriopatía subclínica, como la medida de calcio coronario, han demostrado que son también un FR de muerte independiente.

¿Cómo se aplica en un anciano la presencia de arteriopatía subclínica?
En un estudio de seguimiento a 1461 pacientes asintomáticos (mayores de 45 años) realizado en Framingham, con al menos un FRCV, se midió mediante tomografía computerizada la carga de calcio coronario y, tras una media de siete años de seguimiento, fue predictora del desarrollo de infarto mortal y no mortal sólo en los pacientes con RC calculado con las tablas de Framingham > 10 por ciento, pero no en los que lo tenían menor (RR 3,9; 2,1-7,3). En otro estudio realizado en 8.855 individuos de 30 a 76 años con RC moderado, seguidos durante tres años, se midió el calcio coronario mediante tomografía de emisión de electrones, demostrándose que era un predictor independiente de infarto mortal, no mortal o revasculariación más potente que la diabetes o el tabaquismo. En el estudio Rotterdam, se estudio conjuntamente la arteriopatía subclínica en 6.389 mayores de 55 años mediante detección ecográfica de placas carotídeas y de grosor de la IM, detección mediante radiografía simple de arteriosclerosis aórtica y determinación del ITB. Se calculó una puntuación conjunta de carga aterosclerótica que controlando por el resto de FRCV se asoció, tras un seguimiento de 10 años, con un RR de 2,77 (1,7-4,52) para la aparición de infarto mortal o no mortal.

Podemos concluir que la presencia de arteriopatía subclínica es un FRCV independiente de ECV y de muerte CV no incluido en las tablas de RCV de uso habitual, tablas cuya aplicación en ancianos no puede hacerse de manera lineal, por lo que su presencia nos obliga a ajustar el RCV calculado. La búsqueda de arteriopatía subclínica en ancianos es una manera de mejorar la selección de pacientes que precisan una intervención terapéutica más agresiva, recomendándose pasar al paciente a la categoría de riesgo inmediatamente superior, pero sin olvidar nunca que siguen siendo pacientes asintomáticos.


Manejo terapéutico

El tratamiento siempre debe comenzar por las modificaciones en el estilo de vida: adelgazar tratando de alcanzar y mantener el peso ideal, abandonar el tabaquismo y realizar ejercicio físico de tipo aeróbico adaptado a la forma física del anciano. Es importante considerar la posibilidad de que algunos fármacos o situaciones clínicas empeoren el control de los FRCV presentes.

El modelo de dieta a emplear para la prevención y tratamiento de arteriosclerosis y sus manifestaciones es la de tipo mediterráneo. Esta dieta ha demostrado en ensayos clínicos en prevención secundaria y en estudios de cohortes en prevención primaria que puede reducir la morbilidad y mortalidad cardiovascular, incluso en ancianos. Se ha visto que el RR de muerte cardiovascular y total se puede recudir hasta un 23 por ciento en ancianos de más de 84 años que hacen ejercicio fisico de manera regular al menos tres veces por semana. En el estudio HALE se observa que en población de 70-90 años la adherencia a la dieta mediterránea, el abandono del tabaquismo, la actividad física y el consumo moderado de alcohol se asocia a una reducción del 50 por ciento en la mortalidad total.

En determinados casos la dieta debe ajustarse según los FRCV del paciente: restricción de grasas saturadas en caso de hipercolesterolemia, restricción de alcohol y de hidratos de carbono refinados si se asocia hipertrigliceridemia, restricción de alcohol y sal (5-6 gramos/ día) en caso de hipertensión, ya que el efecto antihipertensivo de la restricción de sal se incrementa con la edad.

En el caso que nos ocupa, dado que es un paciente de alto riesgo, las medidas no farmacológicas son complementarias al tratamiento farmacológico indicado de inicio por su elevado riesgo cardiovascular.

El control del peso se considera como el pilar fundamental del tratamiento no farmacológico de la HTA; además, el sobrepeso y obesidad son los factores ambientales más importantes que contribuyen a la aparición de la HTA. Por lo tanto, a todos los hipertensos obesos y con sobrepeso (IMC $ 25 Kg/m2) se les debe recomendar perder peso. En un meta-análisis de 25 ensayos clínicos (n= 4.874 pacientes), la pérdida de peso de una media de 5,1 Kg con medidas no farmacológicas supuso una reducción de 4,44/3,58 mm Hg de presión sistólica/diastólica respectivamente. De una forma simple, podríamos decir que por cada kg de pérdida de peso, se reduce la presión arterial 1 mm Hg. Especial impacto tiene el ejercicio en la mejoría del perfil lipídico, se calcula que por cada descenso de 4.5 Kg se incremente el cHDL, especialmente importante en el anciano, un 2 por ciento.

En pacientes hipertensos, el aumento de la actividad física puede llegar a reducciones medias de presión arterial de -11/-6 mm Hg, e incluso llegar a reducir la PAS en -20 mm Hg en pacientes de entre 60-69 años; en pacientes sedentarios, debemos de recomendar por lo menos caminar o nadar 30-45 minutos 3 ó 4 veces por semana. El ejercicio físico también mejora el perfil lipídico; en este sentido, se calcula que el cHDL aumenta 0,2 mg/dl y se reduce el cLDL en 0,1 mg/dl por cada kilómetro/semana de carrera.

En los casos de GBA, como nuestro paciente, es importante el control del resto de FRCV. De hecho, la mayor reducción del riesgo de diabetes se ha alcanzado con intervenciones basadas en cambios de estilo de vida encaminados a perder peso y practicar ejercicio físico regular. Igualmente, en los pacientes diabéticos el punto central debe ser la pérdida de peso y el ejercicio físico. Además la ingesta controlada de hidratos de carbono refinados, realizado en las comidas, puede ser asumible en pacientes especialmente motivados, si no altera el contenido calórico total.

Tabaco: las personas mayores fumadoras tienen unas características especiales en cuanto a su hábito ya que lo iniciaron cuando no se conocían bien los efectos adversos del tabaco y el fumar era socialmente aceptable. El tabaco alto en nicotina hace que suelan ser mas dependientes de la misma.

Las mujeres ancianas encuentran más dificultades a la hora de dejar de fumar; parece que los hombres manejan mejor el estrés provocado por el abandono del tabaco. Puede ser debido a que las mujeres ancianas tienen más estrés debido a que generalmente siguen siendo cuidadoras de padres, nietos e hijos "boomerang". Por otra parte, parece que las mujeres pueden ser más sensibles a los efectos placenteros del tabaco a través del olfato y el gusto. También se relacionan con la habilidad personal para dejar de fumar el estado civil (casado) y el nivel socioeconomico (alto), por lo que ess muy importante averiguar el soporte familiar y social del anciano que intenta dejar de fumar.
Fumar afecta la farmacodinámica de muchos fármacos. La nicotina aumenta el metabolismo del propranolol, teofilina y lidocaina, aumenta las necesidades de insulina, disminuye el efecto de antidepresivos, antipsicóticos y analgésicos. La heparina se elimina más rápidamente en fumadores.

Se ha demostrado eficaz y con una buena relación coste-efectividad que la intervención para abandonar el consumo de tabaco se haga en cada visita. Éste debe ser informado sobre el elevado riesgo de fumar y su repercusión sobre otros factores de riesgo o patologías que presente. Se debe recoger la valoración que hace el paciente del hábito de fumar, su grado de motivación para dejarlo y su dependencia a la nicotina que puede valorarse mediante el test de Fagerstrom (Tabla 8).

El plan de intervención mínima que se recomienda es el que se conoce como el de "las 5 Aes" (ver Tabla 9).
Una forma de aumentar la efectividad del consejo es aplicar el modelo de cambio desarrollado por Prochaska y DiClemente que contempla los siguientes estadios (Figura 1):

- Precontemplación: es en la fase en la que se encuentra un 40 por ciento de los fumadores. No se plantean dejarlo. Pueden ser individuos desinformados, desmoralizados o resistentes al cambio.
- Contemplación: otro 40 por ciento. Estado de ambivalencia. Han pensado seriamente en dejarlo. (Sólo un 30-50 por ciento de los pacientes que han sufrido un infarto de miocardio dejan el tabaco por si mismo)
- Preparación.: 20 por ciento. Intentarán dejarlo en el próximo mes.
- Acción: han dejado de fumar. La recaída es frecuente en los primeros días o semanas.
- Mantenimiento: 6 meses sin fumar. La mayoría de los fumadores requieren 3 ó 4 ciclos hasta llegar al mantenimiento.

El reconocer en que estadio se encuentra el paciente hará que el profesional se sienta menos frustrado ante los resultados obtenidos. También es un resultado el que un paciente pase de pre-contemplación a contemplación.

Para definir el estadio de finalización se han propuesto dos criterios: ausencia de deseo de consumir cigarrillos en cualquier situación (nivel de tentación cero) o que la confianza en no fumar en las distintas situaciones sea del 100 por ciento.

La intervención debe ser distinta según el estadio en que se encuentre el paciente:

- Precontemplación: se dará información sobre efectos beneficiosos del abandono, se valorarán sentimientos del paciente sobre el motivo por el que no lo deja y se informará de forma personalizada sobre cómo el tabaco afecta su salud.
- Contemplación: debemos ser empáticos con su situación de ambivalencia, proponerle pequeños pasos hacia la acción, darle folletos informativos (Tabla 10) y evaluar su grado de dependencia.
- Preparación: se ha de ayudarle a fijar una fecha, insistir en que no existe la cantidad inocua y recordarle las alteraciones producidas por el tabaco que son reversibles.
- Acción: en este estudio, el paciente ha de fijar una fecha para dejar de fumar, buscar apoyo en la familia, amigos y compañeros. Recaídas: valorarlas como aprendizaje para evitar situaciones similares en el futuro, insistir para que haga nuevos intentos, evitar situaciones propicias para fumar y ha de recomendar fármacos y acordar visitas de seguimiento.
- Mantenimiento: debe buscar situaciones alternativas para el tiempo libre, plantearse el no fumar día a día y mantener visitas de seguimiento.

Uso de fármacos

Además de las medidas no farmacológicas anteriores, dado que se trata de un anciano de alto riesgo cardiovascular, se debe tratar con fármacos de forma simultánea, siguiendo las recomendaciones de las Sociedades de HTA y Cardiología Europeas, 2003.

El tratamiento farmacológico antihipertensivo se iniciará con la dosis mínima posible del fármaco recomendado, aumentando la dosis paulatinamente. Cualquier tipo de fármaco antihipertensivo puedes ser útil, pero están especialmente indicados las tiazidas a dosis bajas-medias y los calcioantagonistas dihidropiridínicos, sobre todo en ancianos con HTA sistólica aislada. El objetivo de control será similar que el de los hipertensos más jóvenes, de forma general <140/90 mm Hg. Al igual que en otros hipertensos, la indicación de fármacos será individualizada, según las características de la persona y factores de riesgo, así como enfermedades clínicas asociadas.

Existen múltiples estudios que demuestran la eficacia del tratamiento antihipertensivo en los ancianos, destacando los que figuran en la Tabla 11.
Sin embargo, en el caso particular de HTA con SM y teniendo en cuenta el riesgo seis veces superior de desarrollar una diabetes ,comparados con los que no presentan SM, algunos autores consideran que los IECAs, ARA-II y calcioantagonistas presentan en los estudios una menor incidencia de casos nuevos de diabetes (Tabla 12), por lo que aunque ninguno de los grandes estudios comparativos de diferentes antihipertensivos estaba específicamente diseñado para comparar la incidencia de diabetes, sugieren que desde el punto de vista práctico no sería aconsejable utilizar diuréticos y beta-bloqueantes como fármacos de inicio en pacientes hipertensos con Síndrome Metabólico, y de hacerlo, se debería monitorizar la glucosa de forma más frecuente.

Dislipemia: en el Cardiovascular Health Study se siguieron a 1250 mujeres y 664 hombres mayores de 65 años, sin enfermedad cardiovascular, durante 7,3 años, encontrándose que el RR asociado al uso de estatinas para eventos cardiovasculares era de 0,44 (0,27-0,71) y para muertes totales de 0,56 (0,36-0,88); se obtuvieron resultados similares para mayores de 74 años. En un estudio de cohortes retrospectivo realizado en Canadá en 27.682 pacientes de 66 a 85 años, seguidos durante 7 años, no se demostró la reducción de infartos o ictus entre los usuarios de estatinas pero sí de la mortalidad total.

Los primeros ensayos clínicos con fármacos hipolipidemiantes en pacientes en prevención primaria (OMS, LRC, Helsinki) no incluyeron a mayores de 65 años, el estudio VA-HIT realizado con gemfibrozilo en pacientes infartados sólo incluyó a 153 ancianos, por lo que debemos limitarnos a valorar los ensayos clínicos más recientes realizados con estatinas (Tabla 13). Ezetimiba es bien tolerado en ancianos pero todavía no ha demostrado una reducción de eventos clínicos, por lo que sólo podría recomendarse como tratamiento asociado en casos seleccionados.

Prevención primaria: no hemos puesto en la Tabla 13 el estudio WOSCOPS por no incluir a mayores de 65 años; en el grupo de mayores de 60 años la reducción de riesgo fue similar al de los menores de 60 años. Tanto en el subestudio HPS en diabéticos como en el CARDS se obtiene una reducción de eventos coronarios en ancianos. En el ASCOT, en hipertensos, también se reducen eventos coronarios, no así en el ALLHAT, aunque en éste no se compara el tratamiento con placebo sino con el tratamiento habitual. El único estudio realizado específicamente en ancianos es el PROSPER que se comenta ampliamente en la bibliografía.

Prevención secundaria: los resultados son mucho más brillantes reduciéndose eventos coronarios e incluso en algunos estudios ictus y muertes totales, excepto en el A-Z. El estudio LIPS, con fluvastatina, no refiere resultados en ancianos.

Otro posible beneficio del tratamiento hipolipidemiante con estatinas en ancianos es la prevención de los ictus. En prevención secundaria se reducen los ictus no fatales un 30 por ciento (4s, CARE, LIPID, HPS), y en prevención primaria en diabéticos (CARDS) e hipertensos (ASCOT), aunque en el PROSPER no se consiguió demostrar esta reducción. En un metaanálisis realizado por Law, la reducción del cLDL mediante estatinas hace descender la aparición de ictus trombóticos (17 por ciento) pero no la de hemorrágicos a partir de los 60 años.

No hay datos consistentes en ancianos que apoyen la utilización de estatinas en la prevención de arteriopatía periférica. En un estudio con atorvastatina en 354 personas de edad media de 69 años y en otro estudio con bezafibrato en 1.568 hombres con edad media de 68 años, se comprobó que ambos fármacos mejoraban ligeramente la distancia libre de dolor en la claudicación. Se postula una cierta utilidad en la prevención de la demencia, osteoporosis o incluso el desarrollo de diabetes, pero no hay datos concluyentes todavía.

La seguridad de las estatinas en ancianos ha sido similar en todos los estudios analizados, respecto a los más jóvenes. Fluvastatina tiene un estudio de seguridad específico en 1.229 personas de 70-85 años, pero de escasa duración (2 meses). En la bibliografía comentamos el aumento de casos de neoplasias en el estudio PROSPER.

Resumiendo, en prevención primaria debe valorarse el riesgo cardiovascular, ajustando por la presencia de arteriopatía subclínica, siendo susceptibles de tratamiento los pacientes diabéticos o hipertensos, así como aquellos con RCV alto o muy alto. Ningún ensayo clínico ha medido la variable objetivo terapéutico a alcanzar, aunque nuestra propuesta es que debería ser < 130 mg/dl, de acuerdo con las recomendaciones del CEIPC o un descenso de al menos un 25 por ciento en el cLDL, siguiendo los resultados de los ensayos clínicos que disponemos (Tabla 14), excepto en pacientes diabéticos, en cuyo caso, la recomendaciones son más agresivas (cLDL < 100 mg/dl).

En prevención secundaria debe hacerse el mismo manejo que en el adulto de mediana edad, con la excepción de que coexista alguna enfermedad que acorte mucho el pronóstico vital. Algunos autores han comenzado a mostrar preocupación por los efectos secundarios de las estatinas a dosis altas, especialmente hepatopatías y miopatías (la edad avanzada, sobre todo por encima de 80 años, y más en mujeres, aumenta el riesgo), sobre todo por la tendencia creciente de reducir cuanto más mejor el cLDL (el ATP III recomienda < 70 mg/dl o al menos reducirlo un 30 por ciento).

En el reciente estudio TNT se ha encontrado un aumento significativo de los efectos secundarios con 80 mg de atorvastatina frente a la dosis de 10 mg, específicamente de elevación de transaminasas, no de miopatía; además, se produjeron más muertes no cardiovasculares aunque la diferencia no fue estadísticamente significativa. Por este motivo, la prudencia, especialmente en ancianos, nos hace recomendar menor agresividad.

Una regla de oro a utilizar, como con cualquier medicamento en ancianos, es comenzar a dosis bajas e ir subiendo poco a poco. Especial cuidado debe tenerse con la polifarmacia en estos pacientes por el peligro de interacciones; en este mismo sentido, debe valorarse cuidadosamente el funcionamiento hepático y el renal.

Prediabetes: en el estudio DPP (Diabetes Prevention Program), en el que se comparó metformina, con cambio de estilo de vida y con placebo, se observó una disminución en la progresión a diabetes en los dos grupos de intervención: un 58 por ciento en el grupo de estilo de vida y un 31 por ciento en el grupo con metformina, aunque esta última intervención se ha visto que no es coste-efectiva en el grupo de personas mayores de 65 años, como ya hemos comentado.
En el estudio TRIPOD con mujeres hispanas, se observo una reducción del 56 por ciento en la progresión a diabetes en el grupo tratado con troglitazona.

En el estudio STOP-NIDDM, se observo una disminución del 25 por ciento en la evolución a diabetes en el grupo tratado con acarbosa tras 3,3 años de seguimiento.

En la práctica, todavía no queda claro si la intervención con fármacos en esta fase es coste-efectiva y si se requieren más estudios y un amplio debate sobre el tema.

Diabetes: las guías distinguen en cuanto a objetivos de evaluación y tratamiento entre:

- Anciano joven con alta expectativa de vida y buena situación funcional, cuyos objetivos de tratamiento deben ser los mismos que en un paciente joven (Tabla 15).
- Anciano-anciano con buena situación funcional, pero cuya esperanza de vida no es mayor de 10 años. Seguimiento más laxo de la microangiopatía. Deben controlarse los FRCV. Algunas guías proponen que en estos pacientes la hemoglobina glicada puede ser de 8 por ciento.
- Anciano con mala situación funcional y baja expectativa de vida, en el que un buen control no mejorará calidad ni cantidad de vida. El control de la hiperglucemia debe mantener al paciente asintomático y con una nutrición adecuada
Los pacientes ancianos pueden ser tratados con los mismos fármacos que los más jóvenes teniendo en cuenta siempre la función renal y hepática. Los fármacos deben iniciarse a las dosis más bajas e ir aumentando progresivamente hasta conseguir el efecto adecuado o la aparición de efectos secundarios.
- Sulfonilureas: las más indicadas son gliclacida y glimepirida por su seguridad en la insuficiencia renal leve-moderada. En ancianos las sulfonilureas tienen mayor riesgo de hipoglucemia y de interacciones.
- Metformina: no utilizar si el filtrado glomerular es < 60 ml/min o si existe insuficiencia cardiaca o hepática.
- Inhibidores de las alfa-glucosidasas: se toleran peor a nivel gastrointestinal que en pacientes jóvenes.
- Secretagogos de acción rápida (glinidas): la acción es más rápida y corta que las sulfonilureas. La repaglinida tiene metabolización hepática y se puede usar en insuficiencia renal grave. Menos riesgo de hipoglicemias.
- Glitazonas: menos experiencia de uso. No usar en insuficiencia cardiaca grados III y IV.
- Insulina: peligro de hipoglucemias. Precisan destreza y agudeza visual.

En pacientes sin sobrepeso se puede iniciar tratamiento farmacológico con cualquiera de los antidiabéticos orales, teniendo en cuenta las contraindicaciones y la reducción de hemoglobina glucosilada que se desea conseguir (Figura 2).
En pacientes con obesidad y sobrepeso, y tras haber insistido en los cambios de estilo de vida, se aconseja iniciar el tratamiento con metformina siempre que no existan contraindicaciones. Si no se consigue un grado de control adecuado, se puede asociar otro antidiabético oral o iniciar terapia combinada con insulina nocturna. La asociación de metformina con insulina nocturna es de elección, ya que mejora el control glucérico con menos aumento de peso y menor dosis de insulina que otras opciones (Figura 3).

Cuando se tengan que asociar varios fármacos por mal control persistente, tenemos varias opciones: En la Tabla 16 se resumen las combinaciones de las que hay estudios y disminución de glucohemoglobina. La asociación de tres fármacos está poco estudiada y sólo se podría valorar en casos en que el rechazo de la insulina sea total y exista muy mal control.
Igual que ocurre con la hipertensión, se está empezando a valorar la posibilidad de iniciar tratamientos con dosis bajas de dos hipoglucemiantes orales puesto que existen estudios que demuestran un mejor control con menos número de efectos secundarios.

Tabaco:
- Tratamiento con sustitutos de la nicotina: este tratamiento evita la aparición del síndrome de abstinencia, no causa dependencia y su eficacia está demostrada.

Las formas de administración pueden ser en parches, chicles, spray nasal, inhaladores y comprimidos. No se ha demostrado superioridad de unos respecto a otros, aunque en ancianos el chicle podría no ser la opción más adecuada si tenemos en cuenta que muchos son portadores de prótesis.

Las contraindicaciones relativas son el infarto agudo de miocardio (cuatro semanas posteriores al evento), la angina de pecho inestable, las arritmias cardiacas graves y el ictus reciente.

Las ventajas de los parches son el fácil cumplimiento, que su pico máximo de nicotina ocurre a las 4-8 horas y que es dos veces superior a placebo en abstinencias a 6 meses Las desventajas son que en grandes fumadores no son totalmente satisfactorios, hasta 2-3 días no se alcanza la concentración de equilibrio y los efectos secundarios: picor, eritema, cefalea, náuseas, insomnio y vértigo. El parche se coloca en una zona sin pelo ni sudor por la mañana, se debe rotar el lugar de colocación, y se retira al acostarse o al despertarse

Las dosis se recogen en la Tabla 17.
-Bupropion: se trata de un inhibidor selectivo recaptación de dopamina y noradrenalina. Entre sus efectos secundarios destacan las convulsiones (0,1 por ciento), las reacciones graves de hipersensibilidad (0,1 por ciento) y las reacciones leves de urticaria o rash (3 por ciento). Las contraindicaciones de este tratamiento son los antecedentes de convulsiones, antecedentes de trastornos alimentarios y de traumatismo craneoencefálico. Las ventajas que presenta son que la ganancia de peso es menor, su fácil administración, aunque hay que valorar el grado de insuficiencia renal y hepática antes de administrarlo. Se debe administrar un comprimido de 150 mgr durante los primeros 6 días y aumentar a dos comprimidos hasta las 6-8 semanas; a los 7-14 días de iniciado el tratamiento, se debe dejar de fumar.

En nuestro caso particular, dado que estamos ante un paciente hipertenso de 71 años con HVI y síndrome metabólico, se podría valorar el tratamiento con losartán (ARA II) por 2 motivos: Primero, en el estudio LIFE, en hipertensos entre 55-80 años con HVI, losartan redujo el ictus fatal y no fatal en un 25 por ciento, comparado con atenolol, y en los que presentaban hipertensión sistólica aislada propicio hasta un 40 por ciento de reducción. Segundo, aunque se precisan más estudios, en general, en pacientes con síndrome metabólico se debe de tener especial cuidado con los diuréticos, ya que algunos estudios han demostrado una mayor aparición de nuevos casos de diabetes. Por esta razón, hasta que tengamos los resultados de estudios cuyo objetivo sea comparar la aparición de diabetes, en caso de utilizar diuréticos, se debe monitorizar la glucosa de manera más frecuente.

Se le plantea realizar seguimiento con glucemia basal. La medición del ITB nos da 1,1 en ambas piernas. Se planifica tratamiento farmacológico con simvastatina 20 mg/día y losartán 50 mg/día.


Evolución
y seguimiento

A los 6 meses ya no fuma, pesa 80 Kg, IMC 30,5, TA 146/82 mm de Hg (ya está con losartán 100 mg/día), perímetro abdominal 99 cm, glucemia basal 129 mg/dl, colesterol total 195 mg/dl, triglicéridos 162 mg/dl, colesterol de HDL 43 mg/dl, colesterol de LDL (calculado) 128 mg/dl.

Le solicitamos otra glucemia basal a los 15 días y se obtiene un valor de 132 mg/dl.

Ante el diagnóstico de diabetes: ¿modificaría algo el planteamiento diagnóstico y terapéutico del paciente?:

En el momento del diagnóstico de la diabetes se recomienda realizar la detección de microalbuminuria sea cual sea la edad. La microalbuminuria es predictora de insuficiencia renal y de eventos cardiovasculares. La técnica que se recomienda para su determinación es la del cociente albúmina/creatinina en orina matinal, que en ancianos resulta especialmente conveniente ya que facilita la realización de la prueba y su reproductibilidad. Según la guía del GEDAPS, se necesitan dos determinaciones positivas de tres, realizadas en un periodo de 6 meses.

También se debe solicitar una exploración oftalmológica para descartar retinopatía diabética puesto que un 20 por ciento de los diabéticos la presentan en el momento del diagnóstico.

Otra exploración imprescindible en el momento del diagnóstico es la inspección de los pies, que incluirá el uso del monofilamento, muy útil para la detección de polineuropatía diabética con el consiguiente riesgo de aparición de pie diabético que conlleva. En ancianos son fundamentales los consejos sobre el cuidado de los pies desde el punto de vista de la higiene y el calzado adecuado.

Ante el diagnóstico de diabetes, al igual que en personas más jóvenes, el objetivo de control debe ser: PAS < 130 mm Hg y PAD < 80 mm Hg. Respecto al tratamiento de inicio con fármacos, se puede utilizar cualquiera que haya demostrado reducir enfermedades cardiovasculares en diabéticos (IECAS, B-bloqueantes, diuréticos, ARA-II y Calcioantagonistas; la recomendación de utilizar un régimen con IECA o ARA-II y si no logra objetivos de reducción de presión arterial, añadir un diurético.

En el caso de diabetes con HTA y microalbuminuria, los IECAS y ARA-II han demostrado reducción de la progresión a macroalbuminuria; en el caso de macroalbuminuria e insuficiencia renal, los ARA-II demostraron reducción de la progresión a neuropatía.

Por último, el objetivo terapéutico, en caso de pacientes diabéticos, debería ser cLDL < 100 mg/dl.

¿Precisaría alguna otra intervención terapéutica el paciente?
Una reciente revisión sistemática en pacientes con enfermedad coronaria, ictus o enfermedad arterial periférica confirma la eficacia de uso de antiagregantes plaquetarios en la prevención de ulteriores eventos, incluso en ancianos. Para pacientes con ataque isquémico transitorio, ictus, angina, infarto o enfermedad arterial periférica se indica el uso de ácido acetil salicílico (clopidogrel si intolerancia); en pacientes con angina inestable o revascularización coronaria se recomienda la asociación de ácido acetil salicílico y clopidogrel 9-12 meses y después ácido acetil salicílico de manera indefinida.

Otro tema es el uso en pacientes en prevención primaria cardiovascular. De los 5 grandes estudios realizados, la mayor parte en varones de más de 50 años, se desprende que en pacientes con riesgo coronario elevado el tratamiento con ácido acetil salicílico previene de manera efectiva la aparición de CI, no así la aparición de ictus, ya que la reducción de los isquémicos se ve frenada por el aumento de los hemorrágicos. Aunque no hay acuerdo unánime para definir cuanto de elevado debe estar el RC, siguiendo una revisión de Lauer con un riesgo de infarto mortal o no mortal > 15 por ciento en 10 años, el NNT es de 53 para prevenir un infarto coronario sin sangrado. No todos los estudios incluyen a ancianos aunque sí la mayoría, específicamente los pacientes del PPP, que tenían una edad media de 64,4 años. En este estudio a 3.198 pacientes mayores de 60 años (el 71 por ciento del total), por lo que la generalización a estas edades parece razonable, siempre recordando que las cifras de TA deben estar controladas y que junto a la mayor reducción de riesgo de ECV que se consigue, al partir de riesgo absolutos más altos, se incrementa el riesgo de sangrado. La dosis a emplear de ácido acetil salicílico en la prevención cardiovascular, en función de los estudios más recientes, es de 75-100 mg/día.
Aunque nuestro paciente es ahora diabético y la ADA recomienda encarecidamente el uso de ácido acetil salicílico en la prevención primaria de pacientes diabéticos que tengan más de 40 años y algún otro FRCV, no debería ser éste el criterio de decisión, ya que ningún ensayo clínico ha medido específicamente el efecto de ácido acetil salicílico en la prevención primaria en diabéticos. De hecho, hay un subestudio del PPP que no encuentra beneficio en estos pacientes y sugiere que quizás los diabéticos tienen un cierto grado de resistencia al ácido acetil salicílico, aunque se precisan más estudios para aclararlo.


Criterios
de derivación

Obviamente en pacientes en prevención secundaria se necesitará la colaboración del especialista correspondiente. Respecto a los criterios más habituales de derivación, podemos destacar:

- Hipertensión arterial: sospecha de HTA secundaria, HTA asociada a insuficiencia renal crónica: creatinina > 1,5 mg/dl o aclaramiento de creatinina < 50 ml/min o proteinuria > 0,5 g/día; HTA asociada a diabetes con creatinina > 1,3 mg/dl o proteinuria > 0,3 g/día; HTA refractaria o resistente.
- Hiperlipidemia primaria, familiar o esporádica: requiere para su diagnóstico determinaciones analíticas especializadas (esto es poco habitual a estas edades), o bien en aquellos casos de difícil control terapéutico por mala respuesta, necesidad de usar triple terapia o intolerancia manifiesta.
- Pacientes diabéticos con mal control metabólico a pesar de tomar una asociación de fármacos o cuando existe un fracaso de la insulinización (>1UI/Kg/día).
- En aquellos casos de que no podamos medir adecuadamente el ITB en nuestras consultas, o detectemos un aneurisma de aorta abdominal para valorar intervención quirúrgica.





 

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