Novedades en riesgo cardiovascular:
Nuevos factores de riesgo cardiovascular. Su aplicación en la práctica clínica

CASO CLÍNICO
Y REVISIÓN TEÓRICA


Introducción

Una cuarta parte de los pacientes con ECV prematura no presentan ningún FRCV mayor reconocible. Como resultado de las reducciones en la morbilidad y mortalidad atribuibles a la hipertensión arterial, el tabaquismo y la dislipidemia principalmente, la contribución relativa de los nuevos FRCV es muy probable que aumente en el futuro. En estos momentos diversos trabajos ponen de manifiesto la existencia de más de 100 FRCV distintos, aunque los más importantes son la hipertensión arterial, la hipercolesterolemia, el tabaquismo y la diabetes mellitus.

La evidencia científica demuestra que la reducción relativa del RCV en pacientes incluidos en los ensayos clínicos y seguidos en condiciones experimentales oscila entre el 20 por ciento y el 40 por ciento. Ello implica que el 60-80 por ciento del RCV sigue sin poderse tratar.

Cuántos más FRCV se tengan en cuenta en la práctica clínica más difícil será poder estratificar el RCV del individuo. Para complicarlo aún más, muchos de los FRCV conocidos presentan propiedades que se solapan y comparten mecanismos fisiopatológicos comunes, ejemplarizado perfectamente por la obesidad, la hipertensión arterial y la diabetes conformando el denominado Síndrome Metabólico.

Los FRCV son distintos en su naturaleza (Tabla 1). Algunos son más o menos singulares, como la proteína C reactiva o el LDL, mientras que otros representan agregados de varios FRCV, como el Síndrome Metabólico. La mayoría de FRCV tradicionales, como la edad, el sexo, la obesidad, la predisposición familiar o la diabetes, definen más bien agregados de diversas vías patofisiológicas y numerosos agentes patogénicos. Para que un factor de riesgo se considere como tal, tiene que cumplir una serie de criterios, descritos en la Tabla 2.

Motivo de consulta

Javier es un varón de 44 años de edad, soltero, profesor de universidad, con antecedentes personales de apendicectomía a los 18 años e intervenido de hernia discal lumbar a los 41 años. No fuma ni bebe ni se conoce FRCV conocidos.

Consulta porqué se cortó con un cuchillo hace un mes y en el hospital le dijeron que se pusiera la segunda dosis de vacuna antitetánica. Va a la consulta de enfermería quien le administra la vacuna y aprovecha para determinación de tensión arterial, que es normal. Se le pregunta por otros síntomas y cuenta que desde hace dos meses sfure episodios de dolor torácico opresivo de intensidad leve que se presentan ante esfuerzos moderados o intensos, especialmente cuando se encuentra "más estresado". No se acompañan de náuseas, sudoración o vómitos, su duración es de aproximadamente cinco minutos y ceden tras interrumpir el esfuerzo. Por este motivo, es derivado a la consulta del médico de familia.
Antecedentes familiares: su padre falleció a los 47 años debido a una muerte súbita. Tenía un hermano que falleció de neoplasia de páncreas a los 49 años.

Exploración física: TA 134/78 mmHg, peso 82 Kg; altura: 1,71 m, con un índice de masa corporal de 28 Kg/m2 y un perímetro abdominal de 90 cm. La auscultación cardíaca es rítmica sin soplos ni extratonos. La auscultación pulmonar muestra un murmullo vesicular conservado y sin estertores. La exploración abdominal y de extremidades inferiores es normal, sin que se ausculten soplos y con los pulsos distales conservados y simétricos.

Electrocardiograma: el paciente presentaba el trazado electrocardiográfico señalado en la Figura 1, en el que no se observan cambios en el segmento ST ni signos de necrosis antiguas o de isquemia. Tampoco se aprecian bloqueos de rama o criterios de hipertrofia ventricular izquierda.

Le solicitamos un análisis básico que nos da los siguientes resultados: hemograma normal, glucemia basal 88 mg/dl, colesterol total 176 mg/dl, colesterol-HDL 49 mg/dl, triglicéridos 115 mg/dl, colesterol-LDL 104 mg/dl, creatinina 1,06 mg/dl, transaminasas normales, ionograma normal, TSH normal y orina también normal.

Diagnóstico

Se trata de un paciente con clínica de angina típica, sin FRCV clásicos (sólo se identifica los antecedentes familiares en un pariente de primer grado), que no ha sufrido variación en el último mes. Por lo tanto, podemos establecer el diagnóstico de angina estable: manifestación inicial de la cardiopatía isquémica en aproximadamente la mitad de los pacientes.

Denominamos estable a la angina de esfuerzo que no ha sufrido modificaciones en su patrón de presentación durante el último mes de evolución. La angina estable crónica no complicada tiene mejor pronóstico a corto plazo que el resto de manifestaciones de la cardiopatía isquémica, con una mortalidad anual del 2-3 por ciento y una incidencia de infartos no fatales del 2-3 por ciento.

¿Qué importancia puede tener los antecedentes familiares de EC en la patología de este paciente?

Los antecedentes familiares, aunque no se incluyan en las tablas de riesgo, tienen en realidad mucha importancia. La susceptibilidad humana a la ateroesclerosis tiene una base genética que se manifiesta a través de los antecedentes familiares. Muchas personas tienen niveles de colesterol-HDL elevados o niveles muy bajos de colesterol-LDL que no son atribuibles a costumbres dietéticas especiales o a modificaciones de los hábitos higiénico-dietéticos. Los niveles de colesterol total por debajo de 100 mg/dl están genéticamente relacionados con el gen estructural de la apolipoproteína B a través de mutaciones causales específicas y las personas que las poseen se hacen más longevas, pudiéndose identificar familias con esta característica de longevidad. Los FRCV están generalmente asociados a determinados rasgos genéticos. En determinadas circunstancias, las mutaciones genéticas pueden producir alteraciones patológicas de las lipoproteínas y, en otras, determinados rasgos genéticos marcan diferencias entre individuos afectados de la misma familia. La hipercolesterolemia familiar es la causa más conocida de EC familiar precoz, pero puede descartarse en nuestro paciente por los valores bajos de colesterol que presenta.

Una historia familiar de EC presagia un riesgo añadido en la siguiente generación, especialmente en individuos jóvenes con historia familiar prematura. La observación de esta agregación familiar ya se evidenció en el US Nurses Health Study (en el que se estudió a 117.156 mujeres sin evidencia clínica de EC en el momento de la selección). En esta población el riesgo relativo de padecer un infarto de miocardio si uno de los padres había sufrido una EC antes de los 60 años fue de 2,8. Similares resultados se observaron en el estudio de Framingham pero, en este caso, debido al menor número de participantes y a la edad relativamente joven de la segunda generación, el riesgo relativo fue sólo de 1,3.

¿Es la historia familiar, sin asociaciones a patologías genéticas, un factor independiente de RCV? La respuesta no es sencilla porque, aunque parece claro que existe un componente hereditario subyacente a la asociación de esta enfermedad, también sucede que, los factores ambientales (tipo de vida o de alimentación) pueden modular la intensidad de expresión de los genes. Por otro lado, la "heredabilidad" de la patología isquémica coronaria y, en general, cardiovascular es compleja ya que, exceptuando algunas mutaciones genéticas que se heredan de forma mendeliana, la mayoría de los casos se debe a herencia poligénica compleja transmitiéndose, no una enfermedad, sino una mayor posibilidad de padecimiento o predisposición a padecerla. Debido a estos puntos, la relación de una historia familiar positiva de EC con un aumento de su padecimiento se ha clasificado como posible FRCV independiente, como factor genético asociado a otros FRCV o como potenciador de la acción de otros factores de riesgo.

Ciertamente, aunque la asociación indirecta de una historia familiar que modula FRCV conocidos no es discutible, para algunos autores, sería incierta la consideración de que esta historia familiar sea en sí un factor de riesgo independiente y por tanto abordable desde el punto de vista preventivo con medidas específicas. Algunos de ellos parecen insinuar que, controlado el efecto de los principales FRCV, una historia familiar positiva, asocia poca o escasa causalidad sobre el padecimiento de la ECV siendo aún menos potente cuando se liman algunos aspectos metodológicos de los meta-análisis. Para dichos autores, los antecedentes familiares no serían pues un FRCV independiente sino que la asociación familiar sería una manifestación de mayor prevalencia de otros FRCV (sobre todo diabetes e hipertensión arterial) o la manifestación de la asociación de formas de vida en las familias y comunidades con hábitos tóxicos comunes ya que, desde hace tiempo, se aduce que los factores ambientales como el consumo de tabaco o el sobrepeso se acumulan familiarmente y que los hijos podrían asimilarlos de sus progenitores. Sería una especie de herencia cultural de la que, por ejemplo, dependen mucho los niveles de colesterol-HDL en relación a los hábitos de ejercicio, abstención del tabaco y/o alto consumo de pescado.

Sin embargo una revisión que incluye 8 estudios de casos controles, 9 estudios angiográficos, 10 estudios prospectivos históricos y 8 estudios prospectivos demuestra que los parientes de primer grado de pacientes con EC tienen mayor riesgo de desarrollarla que la población general, aunque la frecuencia y el valor predictivo de los antecedentes familiares positivos dependa del grado de rigidez de cómo se definan. Así, la magnitud del riesgo atribuible aumenta con una definición más estricta de los antecedentes familiares positivos desde un 6 a un 16 por ciento para uno o más parientes de primer grado con EC (a cualquier edad) hasta un 35 por ciento para uno con cardiopatía antes de los 55 años y un 53 por ciento para el que tiene dos o más parientes de primer grado con EC antes de los 55 años de edad (Tabla 3).

Como se ha comentado en el Framingham Heart Study el análisis de los antecedentes familiares de EC demostró un riesgo incrementando pero no suficiente como para poder ser incluido en las ecuaciones de evaluación. Sin embargo, el aumento del riesgo relativo por antecedentes familiares positivos se ha visto corroborado en otros seis estudios prospectivos que han demostrado, tras análisis multivariantes en los que se tuvo en cuenta la edad, el sexo, el colesterol total, la hipertensión, la diabetes, el índice de masa corporal, los triglicéridos, el colesterol-HDL y el tabaquismo que estos antecedentes son un FRCV independiente de EC. Existen pues sólidas pruebas de que el antecedente familiar de EC es un FRCV independiente, incluso tras el control de los otros FRCV y, de hecho, hasta los resultados del PROCAM abundan en esta aseveración. Es decir, a pesar de la controversia y de que a la luz de los conocimientos actuales no se pueda descartar que factores exclusivamente genéticos modulen o modifiquen el impacto de los FRCV sobre el sistema cardiovascular, existe consenso y evidencias suficientes para no restar importancia al hecho objetivo de la asociación entre historia familiar y cardiopatía, de modo que, esta asociación debe ser elemento de estudio y registro en pacientes con EC, valorándose como un FRCV independiente.

Para algunos autores, en los casos en los que un familiar de primer grado presente coronariopatía prematura, el riesgo relativo de esta persona es de 2 a 12 veces mayor que el de la población general y este riesgo aumenta en proporción al número de familiares de primer grado afectados. Para otros, si una persona tiene un pariente de primer grado que ha sufrido un evento cardíaco o ha muerto por él antes de los 60 años, asocia, al menos, el doble de riesgo de EC y si el pariente en primer grado tuvo un infarto antes de los 50 años (o más de un pariente de primer grado tuvo EC), el riesgo de EC aumenta de tres a cinco veces. Los pacientes que asocien historia familiar de ECV, sin la concurrencia de otros FRCV mayores, deben ser informados en relación a su grado de riesgo de desarrollar la enfermedad (aunque sea bajo) y, si es necesario, de la posibilidad de ser investigados en relación a la posible existencia de otros FRCV actualmente poco conocidos. Se debe hacer un estudio lipídico en familiares de primer grado y si es positivo orientar el diagnóstico hacia una dislipemia familiar o valorar la presencia de otros FRCV "emergentes" y que se detallan a continuación.
Otro aspecto práctico importante es el de considerar que la esencia familiar de la EC se expresa en la existencia de similares FRCV entre los miembros de una misma familia, ya que los descendientes de pacientes con EC antes de los 60 años en un 40 por ciento sufren hipertensión y en un 30 por ciento dislipemia y, sin embargo, esta posible coexistencia no es advertida en al menos el 50 por ciento de los pacientes estudiados.

Desde un aspecto puramente clínico, se ha visto que, a pesar de que varias revisiones de historias de pacientes muertos intrahospitalariamente por EC antes de los 55 años mostraban que más de las dos terceras partes tenían antecedentes familiares de EC, los registros de estos antecedentes fueron escasos y poco consultados. El trabajo concluía que, si se registraran los antecedentes familiares en los pacientes con EC precoz, se podrían identificar parientes que requieren vigilancia, consejo y/o tratamiento para evitar o retrasar el problema, aunque esto signifique un esfuerzo de seguimiento y de referencia de dichos familiares a sus médicos correspondientes.

Una buena historia clínica de los antecedentes familiares puede ser una llamada para ayudar a prevenir una cardiopatía precoz en los mismos pacientes o en familiares cercanos. Un interrogatorio breve y sencillo, muchas veces olvidado, debe constar rutinariamente en la anamnesis de todo paciente, acuda o no por patología cardiovascular, tanto de los parientes de primero como de segundo grado. Con respecto a los parientes de primer grado bastaría con la pregunta:

¿su padre o hermanos han muerto por causa del corazón o han sido ingresados por infarto o angina de pecho antes de los 55 años? En un 2-5 por ciento de los casos puede haber antecedentes de EC precoz en algún familiar y si la respuesta es positiva, este paciente debe ser tributario de una investigación profunda (consulte por lo que consulte) para abordar los FRCV que se detecten. Por otro lado, esta pregunta es imprescindible también y tiene validez de apoyo diagnóstico en adultos de mediana edad cuando se les estudia por una posible precordalgia, como pasa con nuestro paciente, justificando la necesidad de una posterior batería de pruebas especiales, que debería incluir el ECG de esfuerzo, con objeto de confirmar el diagnóstico y evitar la posible evolución a un infarto. A su vez, los parientes cercanos deberían ser también revisados ya que, en alto número, precisarán tratamiento o control de uno o más FRCV, siendo importante valorar su edad y sexo ya que, si el pariente del enfermo es un anciano no afectado, esto evidenciaría falta del desarrollo de la enfermedad y, por tanto, falta de riesgo genético de EC precoz pero, si por el contrario, el pariente que se investiga es una mujer o un adulto joven, puede que no haya desarrollado aún la enfermedad y no se descarta la predisposición genética.

Con respecto a la investigación en parientes de segundo grado, ésta dependerá de la edad del paciente valorado. Si tienen entre 50 a 60 años sólo será preciso valorar los parientes de primer grado con edad suficiente para haber padecido ya sucesos coronarios; por el contrario, si el paciente es un adulto joven o un niño, se precisa información, además de la de los hermanos o padres, de los abuelos, tíos y tías (parientes de segundo grado).

Además de lo comentado, la investigación de los antecedentes familiares positivos de EC tiene otros efectos prácticos.

Por ejemplo, los efectos perjudiciales del tabaquismo se amplían en individuos que posean este tipo de antecedentes. En los miembros jóvenes de familias con alto riesgo de EC, fumar supone un riesgo relativo de 4 en contraste con un RR de 2 para aquellos que no tienen antecedentes familiares; o dicho de otro modo, los fumadores mueren un promedio de tres años antes que los no fumadores en la población general, pero de diez a quince años antes en las familias con alto riesgo y, en éstos, dejar de fumar aumenta la longevidad en 15 años (beneficio mayor que el obtenido con intervenciones más complejas como la revascularización coronaria).

Tal vez, la educación general dietética o sobre hábitos saludables sea adecuada para la población general con riesgo estándar pero las familias con alto RCV precisan el refuerzo especial de estas medidas con la asunción de protocolos de seguimiento muy estrictos. La ECV en los parientes cercanos predice de forma independiente los futuros eventos en la descendencia. Sumar la información de los parientes a la historia del paciente puede ayudar a los clínicos y a los mismos pacientes en la prevención primaria de la enfermedad cardiovascular, sobre todo si las decisiones terapéuticas no están claras ante un RCV medio basado en la existencia de sólo uno o escasos FRCV.

¿Hay otros FRCV que pueden causar esta EC?
Vamos a repasar los FRCV "emergentes" más importantes.

Proteína C reactiva (PCR): existe cada vez mayor evidencia de que la proteína C reactiva se comporta como FRCV independiente en la ECV y que sus concentraciones parecen tener importancia pronóstica no sólo en pacientes con angina inestable e infarto de miocardio, sino también en hombres y mujeres aparentemente sanos. En estos últimos, el estado inflamatorio, determinado por los niveles de proteína C reactiva, predice el riesgo a largo plazo de tener un primer infarto de miocardio, un ictus o una enfermedad periférica vascular. Laaksonen et al. observaron, en un trabajo publicado en el año 2005 siguiendo una cohorte poblacional de 2.321 hombres de mediana edad, que los niveles altos de este marcador inflamatorio, considerando niveles superiores a 3 mg/l, se asocian con un mayor RCV. De todas formas, se aconseja que el método ideal para determinar la proteína C reactiva sea la de alta sensibilidad, no disponible en la mayoría de los laboratorios.

Fibrinógeno: el fibrinógeno es una glicoproteína circulante, sintetizada en el hígado y que actúa en el último escalón de la cascada hemostática. Mediante la acción de la trombina sobre él, se producen fragmentos solubles de fibrina, componentes fundamentales de los trombos intravasculares. Los niveles de fibrinógeno plasmático son importantes predictores de ECV, existiendo una relación lineal entre fibrinógeno y los FRCV clásicos, incluyendo edad, tabaquismo, diabetes, índice de masa corporal, colesterol total y colesterol-LDL y triglicéridos. Datos procedentes del Framingham Offspring Study sugieren que la medición de fibrinógeno, particularmente mediante test de inmunoprecipitación, puede servir como test de cribrado para identificar individuos de alto riesgo trombótico. El papel causal de la hiperfibrinogenemia en la trombosis arterial no está adecuadamente demostrado. La cuestión que queda por dilucidar es saber si el fibrinógeno es sólo un marcador de riesgo, que traduce la existencia de la activación del proceso inflamatorio en la cápsula fibrosa que rodea al núcleo lipídico de la placa de ateroma, y que generalmente precede a su rotura y al desarrollo de síndromes isquémicos agudos, o bien, ejerce un efecto deletéreo directo sobre el endotelio, y también la posibilidad de que ambos procesos puedan ser simultáneos.

Además de lo anteriormente reseñado, se han observado elevaciones de fibrinógeno asociadas al aumento de la edad, sexo femenino, concentraciones bajas de colesterol-HDL y altas de colesterol-LDL y triglicéridos, obesidad, tabaquismo, sedentarismo, historia familiar de EC prematura y personal de hipertensión o diabetes. En el Scottish Heart Health Study, se midió el fibrinógeno a 5.095 varones y a 4.680 mujeres de edades comprendidas entre 40 y 59 años; se evaluó la incidencia de eventos coronarios fatales o no fatales, así como cualquier otra causa de mortalidad, durante un periodo de seguimiento de ocho años. En los resultados del estudio, se observó una relación directa y significativa entre las concentraciones de fibrinógeno y el desarrollo de EC fatal o no fatal. El valor predictivo del fibrinógeno se mantiene para la mortalidad total, a diferencia del colesterol, que no predice mortalidad. En el estudio de Framingham, se evidenció la asociación del fibrinógeno con otros FRCV (edad, índice de masa corporal, tabaco, diabetes mellitus, colesterol total, colesterol-HDL y triglicéridos), y se lanzó de nuevo la hipótesis de que éstos podrían ejercer sus efectos dañinos con la intermediación del fibrinógeno. En este mismo estudio también se observó, como de una manera estadísticamente significativa las concentraciones de fibrinógeno están más elevadas en los individuos que padecen EC frente a los que no sufren esta patología.

Homocisteína: la homocisteína es un aminoácido intermedio que se forma por la conversión de metionina a cisteína. Aproximadamente el 50 por ciento de la homocisteína se combina de forma irreversible con la serina y genera cistationina por un mecanismo de transulfuración mediado por la enzima cistationina b-sintetasa y su cofactor la vitamina B6. La homocisteína también puede seguir la vía de la remetilación regenerando metionina a través de dos mecanismos:

una de ellos requiere la presencia de la enzima 5-metiltetrahidrofolato-homocisteína metiltransferasa y la otra vía se cataliza por la enzima betaína-homocisteína metiltransferasa (Figura 2). La hiperhomocisteinemia se debe a alteraciones genéticas o a carencias nutricionales. El defecto genético más prevalente, responsable del 80 por ciento de las hiperhomocisteinemias, es la baja concentración de la enzima cistation-b-sintetasa. Una disminución de la actividad de la enzima metiltetrahidrofolato reductasa se ha visto en un 5 por ciento de la población general y en un 17 por ciento y un 28 por ciento de los pacientes con hiperhomocisteinemia que respectivamente desarrollan EC o enfermedad vascular prematura. La concentración de homocisteína aumenta de modo progresivo a medida que disminuye la tasa de filtración glomerular. Este hecho podría justificar la aceleración del proceso ateroesclerótico en la enfermedad renal terminal. Se ha visto también hiperhomocisteinemia en el hipertiroidismo, anemia perniciosa, cánceres de mama, ovario y páncreas.

Algunos fármacos elevan las concentraciones de homocisteína, como metrotrexato, fenitoína, teofilina y posiblemente también ocurre con el colestipol y el ácido nicotínico. Ciertos hábitos tóxicos, como el consumo excesivo de alcohol y café y el tabaquismo, se asocian con hiperhomocisteinemia. Las cifras de homocisteína consideradas como normales están entre 5 y 15 µmol/L. Se considera hiperhomocisteinemia leve entre 15 y 30 µmol/L, moderada entre 30 y 100 µmol/L, y severa >100 µmol/L. Las cifras elevadas de homocisteína se acompañan, frecuentemente, de niveles reducidos de folato y vitamina B12.

La deficiencia de folato, además de anemia megaloblástica, induce hiperhomocisteinemia en el 94,8 de los casos; y en los pacientes con evidencia clínica de disminución de cobalamina, la homocisteína está elevada en un 98,7 por ciento de ellos.

Múltiples datos epidemiológicos procedentes de más de 20 estudios de casos y controles y de estudios transversales en más de 2.000 pacientes han mostrado una relación clara entre concentraciones altas de homocisteína y ateroesclerosis.

En el Physicians Health Study, por ejemplo, de 14.916 hombres sin infarto de miocardio o cerebral previo y estudiados durante cinco años, los hombres con cifras de homocisteína por encima del percentil 95 (> 15,8 µmol/L) presentaban 3 veces más riesgo de presentar un futuro infarto de miocardio que aquellos pacientes por debajo del percentil 90. Los autores de este estudio estimaron que un 7 por ciento de los 271 infartos observados se podrían atribuir a la hiperhomocisteinemia. Boushey et al. estimaron en su meta-análisis (Figura 3), que un 10 por ciento del riesgo de EC en la población general se podía atribuir a la hiperhomocisteinemia, observando que por cada aumento de 5 µmol/l en la concentración de homocisteína aumenta el RCV más que cuando se eleva el colesterol 20 mg/dl. El meta-análisis de Wald mostró que, además de la relación causal entre concentraciones de homocisteína y ECV, se podría predecir que reducciones de homocisteína de 3 µmol/l reducirían el riesgo cardiovascular entre un 11 por ciento y un 20 por ciento, la trombosis venosa profunda un 25 por ciento y el ictus un 24 por ciento. Se comentan dos mecanismos fisiopatológicos por los que la hiperhomocisteinemia puede acelerar el proceso de aterosclerosis: disfunción endotelial y alteraciones en la función plaquetaria y factores de coagulación.

Lp(a): La lipoproteína a es una forma modificada de colesterol-LDL. Los niveles de Lp(a) están determinados principalmente de forma genética, siendo por tanto difícil modificarlos. No se conocen exactamente los mecanismos exactos por los que la Lp(a) contribuye al proceso de aterosclerosis, aunque se han descrito algunas hipótesis en base a estudios de modelos animales y de estudios in vitro. La Lp(a) está compuesta de una porción que es indistinguible de la partícula de LDL en cuanto a la composición lipidica así como en la presencia de la apolipoproteína B-100 (apoB-100). Sin embargo, la Lp(a) se distingue claramente de la LDL por la presencia de una parte glipoproteica única denominada apolipoproteína(a) (apo(a)) que se une a la apoB-100 formando la Lp(a). Cuando McLean et al. descubrieron la secuencia de la apo(a) en 1987, se observó que la apo(a) muestra una similitud muy importante con la proenzima fibrinolítica plasminógeno. Desde entonces, la investigación médica con la Lp(a) se ha enfocado desde el punto de vista de probar el papel de esta molécula en los procesos de aterosclerosis (atribuible al componente de LDL de la Lp(a)) y de trombosis (debido a la similitud existente entre la apo(a) y el plasminógeno) para poder llegar a entender el mecanismo de patogenicidad de la Lp(a).

De acuerdo con las guías de la Adult Treatment Plan (ATP) III, se clasifica actualmente a la Lp(a) como un factor de riesgo "emergente" de enfermedad cardiovascular. En este sentido, la evidencia científica sostiene que concentraciones plasmáticas de Lp(a) elevadas (>30 mg/dl en la mayor parte de estudios) constituyen un factor de riesgo para la presentación de una variedad de enfermedades vasculares ateroscleróticas y trombóticas, incluyendo la enfermedad vascular periférica, el tromboembolismo venoso, el accidente vascular cerebral trombótico recurrente en los niños y la EC. En el metaanálisis realizado con 27 estudios prospectivos, con más de 5.436 individuos, aquellos con cifras de Lp(a) en el tercil superior, presentaron un 60 por ciento mayor de riesgo de muerte por EC que los individuos en el tercil inferior; y además, la asociación de Lp(a) con los factores de riesgo clásicos fue débil. Se debe realizar screening de Lp(a) en pacientes con EC sin otra dislipemia identificada, pacientes con historia familiar no dislipémicos, pacientes hipertensos con enfermedad prematura de órganos diana y pacientes hipercolesterolémicos refractarios a tratamiento con estatinas o ácidos biliares.

Síndrome Metabólico: los individuos que presentan Síndrome Metabólico tienen un riesgo aumentado de presentar enfermedad cardiovascular de hasta cuatro veces más si se compara con los individuos que no lo presentan y tienen un riesgo incrementado de tener una diabetes mellitus tipo 2. La prevalencia de Síndrome Metabólico aumenta con la edad, de forma que una de cada tres personas en el mundo occidental de 50 a 59 años y cerca de una de cada dos a partir de los 60 años la presentan. Existen distintas denominaciones de Síndrome Metabólico, aunque la que se utiliza más en nuestro medio es la que estableció el Adult Treatment Panel III (en abril del año 2005 se ha publicado la reciente clasificación propuesta por la International Diabetes Federation, expuesta anteriormente). Durante muchos años se pensaba que el tejido adiposo era un tejido inerte sin ninguna otra función que la de almacenar grasa. Esta concepción ha cambiado radicalmente en los últimos años ya que existen distintos tipos de tejido adiposo (subcutáneo y visceral) y existen distintos factores producidos por este tejido, principalmente por parte del tejido adiposo visceral, que tiene profundos efectos entre los que se destacan la resistencia a la insulina, la dislipidemia, la hipertensión arterial, la inflamación y efectos que contribuyen a un estado protrombótico.

La resistencia a la insulina contribuye a la aparición de cambios nefastos en el endotelio vascular y del perfil lipídico, dando lugar a la aparición y progresión de la aterosclerosis. Bajo condiciones fisiológicas, la insulina por si misma presenta funciones antiinflamatorias y vasodilatadoras en el territorio vascular que, mientras en la situación de una resistencia a la insulina, estos efectos pueden perderse o incluso ser revertidos. La resistencia a la insulina da lugar a un aumento en los ácidos grasos libres, resultado de la represión en la lipólisis inducida por la disminución de insulina. Los ácidos grasos libres aumentados que presentan los sujetos obesos dañan la pared arterial, dando lugar a una disfunción endotelial y arteriosclerosis. Los ácidos grasos libres inducen también la gluconeogénesis hepática, favoreciendo la aparición de diabetes.

La hipertensión arterial es un componente fundamental del Síndrome Metabólico y un factor de riesgo mayor para la aparición de arteriosclerosis. Recientemente, se ha observado una asociación entre la activación del sistema renina-angiotensina y el Síndrome Metabólico. La angiotensina II produce un aumento en el estrés oxidativo, en la vasoconstricción, la secreción de aldosterona, la resorción de sodio renal, la estimulación simpática, la liberación de vasopresina, la expresión de PAI-1 y la trombosis. En la pared arterial, la angiotensina ejerce sus acciones directamente sobre las células endoteliales y musculares lisas y sobre los macrófagos. Se activan múltiples procesos aterogénicos, generando una inflamación local y favoreciendo la creación de una placa de ateroma. Además, intensifica la trombosis mediante la agregación plaquetaria.

La dislipidemia del Síndrome Metabólico se caracteriza por una hipertrigliceridemia, unos niveles bajos de colesterol-HDL, una elevación del colesterol-LDL, caracterizado asimismo por ser partículas más densas y pequeñas, y un aumento en las concentraciones de colesterol-noHDL. Muchos de estos cambios son asimismo FRCV independientes de presentar una EC.

En la presencia de obesidad visceral, el tejido adiposo es la mayor fuente de factores inflamatorios circulantes denominados conjuntamente como adipocinas, en los que deben incluirse el factor de necrosis tumoral, la leptina, el PAI-I, la interleucina-6 y el angiotensinógeno. Los niveles elevados de leptina circulante se correlacionan con un mayor número de casos de EC en los seres humanos; se piensa que actúa activando el sistema insume y aumentando la tensión arterial. Los niveles séricos de PAI-1 predicen tanto la cardiopatía isquémica como la diabetes y es uno de los factores más importantes que inducen a un estado protrombótico en la obesidad. La interleucina-6 estimula la producción hepática de proteína C reactiva, lo que explica que en los sujetos obesos existan concentraciones superiores de este marcador inflamatorio cuando se compara con los sujetos no obesos. Al revés de lo que ocurre con las adipocinas, la adiponectina, también producida por el tejido adiposo, se correlaciona inversamente con la masa grasa en los individuos obesos.
Microalbuminuria: refleja daño vascular, siendo un marcador temprano de ECV, sobre todo en hipertensos, diabéticos tipo 2 y mujeres posmenopáusicas. El nivel de la función renal es un FRCV independiente de ECV, tal como ha establecido el estudio Atherosclerosis Risk in Communities (ARIC). La proteinuria clínica predice de forma significativa la presentación de un ictus y de otros eventos vasculares ateroscleróticos. La microalbuminuria es un potente predictor de mortalidad cardiovascular y total tanto en pacientes diabéticos como en no diabéticos.

Otros FRCV: comentamos que hay más de 100 FRCV identificados, pero los más importantes se han señalado anteriormente. Entre otros FRCV destacamos la hiperuricemia, que parece relacionada con una mayor incidencia de EC, posiblemente como resultado de una disminución en la actividad del óxido nítrico. Pero puede que estos resultados fuesen debidos a la asociación de la hiperuricemia con otros FRCV, como hipertensión, diabetes o dislipemia. La sideremia parece tener efecto en la aterosclerosis al alterar la respuesta endotelial derivada del óxido nítrico y promover la formación de radicales libres y oxidación lipídica, pareciendo así que el déficit de hierro pudiese ser protector. La frecuencia cardiaca en reposo y la máxima durante el ejercicio puede ser un FRCV independiente de mortalidad cardiovascular. En un estudio con 3.527 hombres seguidos prospectivamente durante 8 años, aquellos con frecuencia cardiaca en reposo > 90 presentaron un riesgo relativo de 2.02 respecto a los individuos con frecuencia cardiaca < 70. En otro estudio, el incremento en la frecuencia cardiaca pico de 35 latidos por minuto incrementaba la mortalidad cardiaca.

¿Sería conveniente realizar alguna otra exploración en el paciente?
Deberemos remitir al cardiólogo para la realización de una prueba de esfuerzo con fines pronósticos y el resto de exploraciones que se precisen según el resultado de dicha prueba. En este caso, debería buscarse cualquier otro FRCV expuesto anteriormente.

Los resultados de las determinaciones solicitadas son:

- Lp(a): 86 mg/dl.
- Proteína C reactiva 1,3 mg/l.
- Homocisteína: 86 mmol/l.
- Fibrinógeno: 456 mg/l.
- Micrroalbuminuria: negativa.

Manejo terapéutico

Los objetivos del tratamiento tienen que ser:
o Mejorar pronóstico, evitando infartos y muerte.
o Mejorar calidad de vida, reduciendo síntomas de isquemia.
Los tratamientos de los que disponemos para este grupo de pacientes son los siguientes:
o Modificación de estilos de vida.
o Control de los FRCV.
o Tratamientos farmacológicos.
o Procedimientos de revascularización: mecánicos (angioplastia) y quirúrgicos.

Modificaciones
en el estilo de vida

Los estudios epidemiológicos y ensayos clínicos apoyan la evidencia de los cambios de los estilos de vida como el principal abordaje terapéutico en los pacientes con ECV previa. El ejercicio y la dieta mejoran la función endotelial de las arterias coronarias y previenen la aparición de la diabetes mellitus tipo 2, posiblemente por la reducción de factores inflamatorios circulantes y aumentando la adiponectina circulante. Además de los cambios en los estilos de vida, debería promoverse el manejo agresivo de los FRCV acompañantes con lo que se conseguiría reducir el RCV global de estos pacientes.

Para establecer una pauta dietética correcta, es necesario conocer los hábitos alimentarios del paciente, en especial las posibles alteraciones: costumbre de picoteos, apetencia por lo dulce o lo salado, antecedentes de atracones o vómitos autoinducidos, etc. Un objetivo razonable es perder un promedio de 0,5 g de grasa por semana, lo que equivale a recomendar dietas no muy estrictas, aconsejándose disminuir unas 500-600 kcal/día de la ingesta total previa. Es esencial mantener una dieta variada y mantener un equilibrio en la proporción de nutrientes. La cantidad diaria de agua ingerida debe superar el 1,5 l, en especial si es elevada la temperatura ambiente o se aumenta el ejercicio físico.

Uso de fármacos

Tratamiento de la angina estable: El tratamiento inicial podemos reflejarlo en la siguiente regla nemotécnica (Tabla 4). Los tratamientos farmacológicos indicados en los pacientes con angina estable podemos dividirlos en dos grupos (Tabla 5). La utilización de antiagregantes es uno de los pilares básicos del tratamiento farmacológico de la cardiopatía isquémica en general. Los b-bloqueantes, en ausencia de contraindicaciones, se consideran como el tratamiento inicial de elección en todos los pacientes con angina de esfuerzo estable, incluso los de edad avanzada, especialmente en pacientes con infarto previo en los que ha demostrado reducir la mortalidad. La evidencia es menor en pacientes sin infarto previo, como en el caso. En el tratamiento de la angina estable, la dosis de estos fármacos debe ajustarse para que la frecuencia cardiaca en reposo esté entre 55 y 60 latidos/minuto.

En pacientes con angina más severa, la frecuencia cardiaca puede ser reducida a menos de 50 latidos/minuto, comprobando que no existan síntomas asociados a la bradicardia o que aparezca un bloqueo aurículo-ventricular. Los calcioantagonistas producen vasodilatación de los vasos coronarios epicárdicos, especialmente en presencia de espasmo, lo que explica su utilidad en la angina por vaso espasmo. Constituyen un tratamiento de segunda línea en pacientes con contraindicaciones para el uso de b-bloqueantes o en aquellos pacientes en los que los b-bloqueantes produzcan efectos adversos intolerables. Los nitratos constituyen el tercer grupo de fármacos antianginosos. En la Figura 4 se desarrolla un algoritmo de tratamiento de la angina estable.

En este paciente deberíamos normalizar las cifras de homocisteína y de Lp(a) principalmente. Actualmente, la hiperhomocisteinemia en pacientes con EC prematura se trata con ácido fólico (1 mg/día), piridoxina (10 mg/día), y vitamina B12 (0,4 mg/día). Todos los pacientes reciben un complejo vitamínico B para mitigar neuropatías periféricas. La dosis de ácido fólico se puede incrementar hasta 5 mg/día si no se logra disminuir estas cifras. En pacientes con hiperhomocisteinemia > 30 mmol/L o aquellos con insuficiencia renal, la dosis inicial es de 5 mg/día. La normalización en las cifras de homocisteína se produce, aproximadamente, entre las 2 y 7 semanas.

En cuanto al abordaje de la elevación de Lp(a), el objetivo del tratamiento es disminuir inicialmente los niveles de colesterol-LDL por debajo de 130 mg/dl (3,4 mmol/l) y, si esto no se consigue, mantener un nivel de Lp(a) < 30 mg/dl, con ácido nicotínico (3 a 4 g/día) o neomicina (2 a 3 g/día). Las estatinas no disminuyen las cifras de Lp(a). Si las cifras de colesterol-LDL están < 130 mg/dl (3,4 mmol/l), no es necesario tratar los niveles de Lp(a), por los que no se recomienda en nuestro caso.

No hay indicaciones precisas para tratar a pacientes con concentraciones altas de fibrinógeno, generalmente su normalización se consigue mediante el tratamiento de los procesos subyacentes. El fibrinógeno desciende con la práctica regular de ejercicio físico, al dejar de fumar y normalizar el peso. En los casos en que esté indicado tratar una dislipemia concomitante, con bezafibrato o fenofibrato, (no con genfibrozilo), los niveles de fibrinógeno pueden descender hasta un 40 por ciento. A pesar de los datos anteriormente reseñados, el fibrinógeno tiene una entidad e importancia limitada como FRCV. Desconocemos si su normalización reduce, por si sólo, el RCV. Probablemente, sea un marcador de riesgo, que pone en alerta al clínico ante determinados pacientes, de la importancia de implementar e intensificar medidas terapéuticas sobre patologías subyacentes o factores de riesgo concomitantes.

Evolución
y seguimiento

El paciente es remitido a su cardiólogo de zona en tratamiento con medidas higiénico-dietéticas para su hipertensión arterial y ácido acetilsalicílico a dosis de 100 mg/día. Tras la realización de la prueba de esfuerzo, que resultó ser positiva severa, se decidió realizar una coronariografía, que mostró la presencia de una obstrucción del 75 por ciento de la descendente anterior proximal con una contractilidad conservada. Además, se realizó una angioplastia con colocación de stent. Actualmente, el paciente permanece asintomático, en tratamiento con un ß-bloqueante, un inhibidor de la enzima conversiva de la angiotensina, ácido acetilsalicílico, clopidogrel y una estatina. Ha dejado de fumar y beber alcohol y hace ejercicio físico regularmente.

Criterios
de derivación

En todos los casos debemos remitir al cardiólogo para la realización de una prueba de esfuerzo con fines pronósticos y el resto de exploraciones que se precisen según el resultado de dicha prueba.




 

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